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  • Paula Moreno

Zoom a la vida

Diseñado por Agustin Gagliardi

La tarde me encontró sentada en el borde de mi cama, rodeada de fotos. Fotos color sepia, ajadas algunas, con partes borrosas otras, con personajes con peinados extraños, con historias desconocidas, con sonrisas que nunca había visto.

Tuve la extraña sensación de transportarme a esos lugares. Intenté imaginar que al tocar la foto podía ser parte de ella. Comencé a recorrerlas, con cuidado ceremonioso, con entusiasmo por la sorpresa.


Me acerqué, me acerqué a cada detalle.


Detalle… una palabra tan frecuente, tan usada.

Sin embargo cuando pude acariciar esos detalles, no eran vulgares. Eran preciosos, me estaban esperando allí detenidos en el tiempo.


Me acerqué todo lo que pude y descubrí que había objetos, gestos, movimientos, texturas, sonidos que narraban una historia alternativa, una nueva historia. ¡Pero si la foto estaba quieta, inmóvil!


No, no estaba inmóvil, se dejaba narra nuevamente.


El zoom a un sifón, me despabiló. Un sifón que tuvo la dicha de estar en esa mesa. Con su prestancia, su solidez, su manera tan particular de silbar. Me imaginé que fue testigo de una acalorada discusión, o tal vez de una declaración de amor, o de una mirada cálida o una sonrisa cómplice, tal vez necesitó callar a algún insolente con su estruendoso shhhhhh.


No era un sifón cualquiera, se había convertido en el anfitrión de esa mesa, que recibía aparentemente sordo las vivencias más entrañables de esas personas.


Mi mirada se dejó llevar y recorrió las fotos desparramadas sobre el acolchado estampado. Y me detuve en sus manos entrelazadas. ¿Estarían rezando?¿Suplicando, agradeciendo, o tan sólo estarían descansando? Las manos de esa mujer, que supuse una abuela acariciaron mi rostro.


Cuantas caricias llevarán , me pregunté. ¿Y si esas manos fueron a la guerra?¿Habrán sentido la tierra entre ellas de los cultivos de la huerta?¿Estarán agrietadas por el frío? Tal vez alguien puede suavizarlas, alguien que las mire. ¿Tendrán olor a vainilla del arroz con leche, a tierra mojada, a hilos de coser, a puchero recién cocido?


Debajo de esa foto se asomaba otra. Esta tenía una mancha negra, tal vez porque se había velado al revelarse, tal vez porque el que sacó la foto apoyó un dedo en la lente. Las fotos de antes no podían modificarse con tanta rapidez como las de ahora. Eran el fiel reflejo del instante. O por lo menos intentaban serlo. Y como salía la foto salía. Y eso generaba una gran expectativa, hasta ir a revelar la foto y mirarla. ¡Que risa causaba ver los errores del fotógrafo aficionado!


Quién se hubiera imaginado que luego de varias generaciones, un zoom en esa foto daría lugar a una nueva historia. Una esperanza dulce empezó a envolverme, como una brisa cálida. Poder crear una nueva historia...

En aquella foto manchada, estaba la máquina de coser. ¿Será la misma que hoy viste mi comedor?


Empecé a mecerme con el vaivén de la máquina, sentí su música atrás del pedal que se hamacaba hacia adelante y hacia atrás. ¿A quién habrá abrigado las telas que zurcía?¿ Y si vestía ilusiones? ¿Cómo sería su música cuando la tejedora estaba triste?


Cerré los ojos y una madeja de hilos se me presentó delante de mí. La rítmica aguja que subía y bajaba intentaba desenredarlos. ¿Serían las emociones de la costurera? Y si la máquina se había convertido en la mediadora entre su corazón y el corazón de la tela, de la tela con dueño. ¿La calmaría ese vaivén del pedal que acompasaba su respiración?

Podía sentir la firmeza de la pisada sobre el pedal como afianzando una vez más su compromiso con la vida, como si le transmitiera que nada iba a poder con ella.


Un rayito de sol se metió muy suavemente por la ventana de mi habitación y descansó en el punto exacto. Se posó suave y delicadamente en un gesto de la foto que estaba a punto de caerse. El destalle de los gestos, los más evidentes y los apenas perceptibles. Unos dedos largos bailaban una danza amorosa con los botones de un vestido. Un vestido habitado por el amor. ¿Cuántas danzas habrán bailado esos dedos? Se detienen ante ese botón que apenas veo pero imagino diminuto y siento la respiración en ese acto. Como si corrieran las alas de la espalda de esa mujer, haciéndole la promesa de cuidarla, de acariciarla, de suavizarla, de sujetarla.


Miré mis dedos y tuve el impulso de jugar al oráculo. Cerré los ojos y con mi mano abierta mezclé las fotos y tomé una. Allí estaba otra vez un detalle que cobraba vida. Dos miradas que se desencontraban. ¿Ella se distrajo?¿Se aburría? Tal vez esa gesto mostraba rebeldía, firmeza, decisión. El no se quedaba atrás. Su mano levantada señalando... ¿El futuro? Me imagino una mujer luchando por su lugar con la cabeza en alto, erguida y sostenida.


Cuando me disponía a guardar las fotos nuevamente en la caja de madera, mi atención se vio acaparada por el color. Pero si todas las fotos eran en blanco y negro… ¿Color? Observé detenida y minuciosamente cada detalle colorido, cada vestido pintado, cada amarillo, cada verde, cada celeste, cada rosa. Todos tenían matices y a su vez formaban una misma imagen. Las sonrisas de ese grupo de personas me recrearon la frescura de sus pies en el mar. ¿Qué estaría reflejando? ¿Amigos divirtiéndose, enamorados algunos entre sí, secretos indescifrables, silencios , sueños, dolor, aventura? Cada roca a sus espaldas conformaban el marco perfecto.


El movimiento de sus ropas, eran únicos. El más preciso giro que sus cuerpos darían. Cuerpos que hablaban con sus poses, que llevaban impresos sus experiencias más sagradas.

Así, guardé la última foto, con una sonrisa en mi rostro, que le daba la bienvenida a cada uno de los detalles que permitieron crear nuevas historias, que abrieron la posibilidad de una nueva mirada. Acaricié la caja cerrada, olí su madera y tuve la sensación de que ella también quería contar su historia. Me dispuse a escucharla.

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© 2018 por Paula Moreno, Psicóloga