Sincronía
- Paula Moreno

- hace 1 día
- 5 Min. de lectura
Dicen que en la época de vacaciones hay más tiempo para la lectura. No sé si realmente es así. Pero esto ocurrió en mis días de vacaciones.
Llevé mi libro elegido en mi bolso de playa. Allí junto al bronceador y los lentes de sol se hizo amigo de los restos de arena que empezaron a rodar entre sus páginas.
Claro está que no estuvo mucho tiempo ahí adentro porque una vez que empecé a leerlo, no pude dejarlo más.
Muchas veces pienso, cuando ofrezco una intervención clínica basada en el arte, que es necesario pedirle al paciente que elija un título para su creación. Es una pieza indiscutible de la misma.
De esa misma manera, el libro del que les hablo, tiene un título que gobierna toda la obra. Se llama Imposible decir adiós. Su autora es Han Kang.
Me gustaría compartir con ustedes, no solamente la exquisitez de su narrativa sino algunas sincronías que tocaron mi corazón.
Nada de lo que hoy pueda contarles va a reemplazar la preciosa experiencia de leer este libro.

Permítanme que vaya y venga entre mi experiencia clínica y algunos pasajes del libro.
Recuerdo que una de las primeras enseñanzas en mi clase de narración oral fue narrar como el viento. Si, si, esa misma cara puse yo. ¿Narrar como el viento? Tuve que explorar muchas características del mismo para luego intentar narrar con mi voz y con mi cuerpo un viento huracanado, una brisa suave, un viento cálido o uno que acompañaba la nevada.
Han Kang desliza a través de todo el libro cómo un elemento de la naturaleza, de la vida cotidiana, puede definir muchos aspectos de las experiencias.
Eso me llevó a recordar lo importante de corporizarlos en la experiencia narrativa y de buscarlos en las entrevistas clínicas. Ellos hablan de la vida misma de las personas.
Comprender lo que un ser humano vive sin su contexto sería trabajar en el vacío.
La autora define muchas caras del viento y de la nieve.
Y aparece ahí otra sintonía conmigo misma: la nieve tiene infinitas maneras de percibirse, de verse, de contemplarte, de sentirse en el cuerpo.
Dicen la autora: ”Mientras atravesaba el camino cubierto de nieve y sumido en la creciente oscuridad, no podía dejar de pensar en el viento. Lo tenía a cada paso, pues era como una mancha de tinta china esparciendo en la quietud, como una sombra que en cualquier momento pudiera adoptar una forma nítida”.
En el contexto clínico, los detalles a notar en cuestiones cotidianas, esos detalles que podrían pasar desapercibidos, son los que guardan una información preciosa. Perlas para la intervención.
La manera en que la protagonista del libro se vincula con la nieve, también me habla.
Vuelvo a vibrar con el hecho de que la manera que tenemos de relacionarnos con un objeto o circunstancia o bien una persona, hace al corazón de nuestra intervención clínica.
A medida que fui adentrándome en la trama del libro, comencé a sentir curiosidad por saber el desenlace. Esa curiosidad de la que muchas veces hago mención. La nombro como falta en las personas que han sufrido el impacto traumático. La contrapartida que vuelvo a sentir es la corazonada de que el camino de lo narrativo como medio hábil para ofrecer en el trauma es el indicado.
La autora desenvuelve todas las consecuencias del impacto del trauma relacional y social, sin necesidad de nombrarlo como tal. Lo bordea con una sutileza deliciosa.
Y dentro de este desenlace aparece una manera muy particular de nombrar al duelo. Y a la violencia social. Contando parte de la historia que se vivió en Corea en los años de las masacres.
En medio de esta manera tan peculiar de mostrar cómo las protagonistas lidian con los síntomas y su día a día; aparece en escena un loro al que hay que cuidar.
Poder resonar con la fragilidad de ese pájaro como bisagra de la historia, marca otra sincronía con mi ser.
Primero por el hecho de poner sobre relieve las bisagras(muchas veces propongo a mis pacientes crear una obra desde el arte y las bisagras con aspectos que se pueden ligar)
Pero también con el hecho de que aparezca la vulnerabilidad entendida desde un punto de vista más amplio. Un loro que es frágil pero fuerte a la vez.
Hace eco con lo que podemos encontrar en las personas afectadas por el trauma.
Esta manera que la autora tiene de presentar los sentimientos que esta ave despierta en una de las protagonistas, se parece mucho a la compasión.
¿Será por eso que amo trabajar con nidos y pájaros en sesión?
Al llegar hacia el final del libro, quedé sorprendida con el mismo. Un final abierto que se volvía circular con el título.
Han me llevó a reflexionar estas sincronías:
Ella muestra la importancia de no perder la memoria de ciertos eventos porque, aún cuando hayan sido traumáticos, son parte de nuestra historia. Creo que en este punto se acerca mucho a nuestro modo de entender el trauma y su sanación.
El libro habla de cómo es necesario un reconocimiento social del trauma. Esta es una de las aristas que los terapeutas tenemos que trabajar indiscutiblemente cada vez que recibimos a una persona impactada por el trauma.
Han Kang muestra, a mi criterio, la maravillosa necesidad de la PRESENCIA de un ser humano frente al trauma de otro. En este punto, hablar de cómo podemos desarrollar esta cualidad esencial en los terapeutas, se vuelve indispensable.
El libro muestra cómo el trauma trasciende generaciones. Me apasiona la idea de poder integrar esta mirada al tratamiento del trauma.
La autora muestra en su historia cómo el arte es la manera de convertirse en hospitalidad para el impacto traumático.
También muestra las distintas capas de sentido de una misma historia. En esta arista del libro la sincronía es máxima. No podría vivir y trabajar sin ser contemplativa de estas diferentes capas de sentido de nuestras experiencias. Incluyo acá también al duelo. Creo que en cada momento de nuestras vidas podemos ofrecer estas capas de sentido a esa pérdida. Necesitamos aprender a habitar esa pérdida y muchas veces el recuerdo sigue activo justamente por esta necesidad (ver Legados de amor en esta página).
Por último, la autora le da un lugar especial al cuerpo. Ya sea por los restos de las personas que fueron asesinadas en una masacre, como en el cuerpo del ave, como el cuerpo de cada protagonista y sus manifestaciones en cada momento de sus vidas, incluyendo el impacto traumático en él. No podríamos trabajar en el campo del trauma sin el abordaje del cuerpo. De allí mi desarrollo en el cuerpo narrado (ver en esta misma página).
Los invito a leer esta exquisitez de libro y no sólo disfrutar de una excelente literatura sino de una mujer que puede dar nombre a aquello que no tiene palabras.
Me gusta la idea de crear una forma habitable de presencia. Un vínculo que funcione como acto vital de presencia.



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