Imaginación y objeto: mediaciones en la experiencia terapéutica
- Paula Moreno

- hace 9 horas
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“LOS” es un personaje mitológico creado por el escritor William Blake. Se lo describe como un herrero que golpea su martillo contra una fragua representando metafóricamente el latido del corazón del ser humano. Es el dios de la imaginación. También es descrito como una llamarada del sol.
Me genera entusiasmo pensar que la imaginación se acerque a un soplo del sol. Cuando la creatividad tocó la puerta de mi conciencia, busqué a artistas y creativos a quién preguntarles cómo era para ellos el acto creativo. Parece ser una pregunta difícil de contestar. Yo misma la exploro. No busco en este escrito definiciones teóricas sino compartir mi experiencia.
Quiero otorgarle el valor que tiene la imaginación en los contextos clínicos y en la vida en general.
En toda consulta clínica debería estar presente la imaginación. Muchas veces no se la toma como un elemento fundante, pero sí lo es. Es el corazón de la flexibilidad psicológica. Y esta última, de la salud. Tanto la imaginación como la flexibilidad psicológica comparten la cualidad de la toma de perspectiva. Sin ella no podríamos encontrar nuevos recursos, nuevas maneras de pensar y de actuar.
Voy a tomar algunas tangentes por un instante, para luego volver al camino central de este texto.
Tangente 1: una tarde en mi consultorio, recibo a una niña de seis años. Era la primera vez que nos veíamos. Los padres estaban sentados en un sillón grande y la niña en medio de ellos. La noté tímida y por ende fui cautelosa a la hora de acercarme a ella. Me senté en el suelo y comencé a contarle sobre mis muñecos. Al rato, la pequeña, se sentó a mi lado. Mientras conversábamos, se escuchó un suspiro. Al rato, otro. Y así, varios seguidos. Le pregunté si se daba cuenta de sus suspiros. La niña me miró sin entender.
—¿Sabés lo que es un suspiro? —le pregunté.
—No —me contestó la niña.
—Es un aire con sonido —dije mientras tomaba al títere del sol haciendo el gesto de suspirar.
—Como un aire de sol —dijo la paciente.
—¡Exacto!
Nos reímos las dos mientras la pequeña tomó el títere y exageró el suspiro abriendo la boca del títere sol.
Esta tangente nos muestra cómo podemos ver algo cotidiano de una manera particular o diferente. La imaginación es el motor de este cambio de mirada. De este salto de realidad.
Tangente 2: Cada fin de año, desde hace mucho tiempo, decoro mi casa con una temática diferente: Alicia en el país de las maravillas, Tarzán, Harry Potter, Star Wars, Ratatouille, Intensamente, Lilo y Stitch, etc. En diciembre de 2025 hice la decoración en base a la película de Mulán. Estaba contrariada porque no me salía dibujar un dragón chino con el tamaño de una pared. Entonces, me senté en un sillón, un poco alejado del lugar donde estaba la decoración. Fijé la mirada en un cuadro de dicha pared. Este cuadro consiste en tres cuadros que forman uno y que se disponen de manera horizontal. Por un momento dejé de ver el cuadro y vi el cuerpo del dragón. Allí estaba, faltaba dibujar solamente su cabeza y la cola.
Este es un buen ejemplo de cómo funciona en mí el acto creativo y mi imaginación.
Tangente 3: Voy a utilizar mi último descubrimiento como muestra de validación de mi hipótesis acerca de la imaginación.
Necesito contarles la historia detrás del descubrimiento: una tarde calurosa de enero, me encontraba acomodando mi placard cuando un objeto me encontró. Bueno, se me cayó en la cabeza, pero por suerte lo atajé a tiempo. En una hermosa caja alargada, cual si guardara una varita mágica, aparece este objeto:
Dícese de un objeto heredado del abuelo paterno de mis hijos. Es un cepillo de ropa y un calzador de zapatos.
Como amante de los objetos narradores, me senté a contemplarlo y comencé a imaginar.
En primer lugar apareció un proceso de plena conciencia observando detenidamente cada elemento del objeto: su aroma, su forma, sus texturas. Me detuve en un extremo. El del cepillo.
Cepillar es un acto cotidiano, chiquito, cercano a la limpieza, al cuidado, a la presencia.
Recordé que en Japón, cepillar la ropa, especialmente los kimonos, es un ritual de atención plena. Se hace lentamente siguiendo la fibra. No es tanto por limpiar sino por restaurar el orden. Se considera un acto de respeto hacia uno mismo.
Entonces mi imaginación comenzó a hacer lo suyo. Se me ocurrió que podía ser una buena manera de preparar el terreno para contemplar el adentro. Podría ofrecer el cepillo contando esta historia.
Cepillar el polvo es una hermosa metáfora de cepillar lo viejo, lo que no se necesita más, lo estancado, lo que se pegó sin permiso.
Existen rituales actuales donde se utiliza el cepillar antes de un duelo o ante cambios vitales junto a una frase inspiradora: “Quito lo que ya no es mío/ lo que ya no necesito”.
La fuerza de este simbolismo junto con el poder del ritual, me genera un vuelco en el corazón.
Este acto donde ponemos en juego la imaginación, no es un acto invasivo, sino de absoluto respeto.
El cepillar tiene una cualidad bellísima: su ritmo. Es un movimiento repetido, musical, un mantra que regula. Hay ritmo, presión, repetición.
Por otro lado, la ropa marca un límite en el cuerpo de quien lo habita, hacia afuera y hacia adentro.
Estos son los mismos condimentos que hacen a una intervención clínica eficaz. Hay un acto de cuidado no invasivo que se desplaza con este objeto. Ya sea que uno mismo se cepille o que otra persona lo haga.
En el campo del trauma, lo veo como un ritual de transición, que ayude con la hipervigilancia, con el sentimiento de la vergüenza, con la inmovilización corporal.
El cepillo no borra, alivia, no arranca, acompaña, no apura, es paciente.
Mi mirada se desliza hacia el otro extremo del objeto: un calzador de zapatos.
Veo entonces un objeto umbral: ese que se utiliza para cruzar un espacio, para ponerse en movimiento. Calzarse es prepararse para caminar.
El contacto con el suelo que no se pierde sino que nos enraiza. Calzarse como un recordatorio.
Me gusta imaginar el acto de calzar los zapatos a otro como un gesto amoroso. Cubrir los pies es un acto sagrado.
Me inspira a preguntar:
¿Cómo me preparo para salir al mundo?
¿Qué necesito ordenar/cepillar antes de ponerme en marcha?
¿Qué parte mía se ocupa de que mis pies toquen el suelo?
El hecho de que este ritual esté conectado con este objeto que consiste en dos objetos en uno, me parece precioso. Me habla de la economía justa, de la continuidad y del proceso, de un ritual que no fragmenta, de un orden que sostiene el avanzar.
¿Cuántas formas veo en ese calzador?
Un cuenco
Un tobogán
Una cuchara
Un espejo
Imaginemos que ofrecemos estas cuestiones en nuestro acompañamiento a otros. Sin necesidad de mucha palabra, con la mediación de un objeto, como un gesto amoroso, como una base segura que habilita la exploración, la prepara, la ordena. Un objeto que transmite una sensación de competencia, de auto organización: desde el cuerpo, la postura, el movimiento, la orientación, la conducta que precede la decisión.
Este es un objeto regulador, que permite dar sentido, un sentido nuevo.
El calzador es neurobiológicamente maravilloso en las posibilidades que nos brinda.
Tiene una función postural: hacemos una reverencia pero no necesitamos estar totalmente agachados.
Mantiene un eje corporal, no colapsa al sistema, nos permite explorar qué sucede sin necesidad de sentir peligro frente a la postura.
El objeto completo sigue una secuencia neurobiológica:
Cepillo: regula/ordena/ baja el ruido interno
Calzador: sostiene eje/habilita movimiento/autoriza la salida
Es una coreografía perfecta de apego seguro: me preparo, me sostengo, avanzo.
Sigamos convocando al dios de la imaginación: ¿Qué me diría este objeto?:
“no te empujo al mundo, te ayudo a estar listo para habitarlo, para moverte en él, para apoyar tus huellas en el suelo. Podés cepillar aquello que ya no forma parte de vos”.
¿Se animan a imaginar más narrativas con este objeto?



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