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  • Paula Moreno

Zoom a la terapia

¿Me ves bien? ¿Acerco el micrófono? ¿Me corro de la pantalla para que veas lo que dibujo? ¿Me mostrás más de cerca a tu mascota?¿Se cortó?¿Probamos por el celular o cambiamos de pantalla?


Las nuevas tecnologías se han convertido en los medios hábiles amigos para seguir sanando. El contexto ha cambiado pero aquello que aparece intacto es la intención. Parece obvio pero creo que no lo es. El compromiso con la intención diría yo, es una intención que viene renovada ya que más que otras veces, los terapeutas estamos ayudando a sanar a las personas cuando nosotros mismos estamos en el mismo barco de sufrimiento. O por lo menos en un barco compartido: la pandemia.


Por este motivo creo que la intención está renovada ya que implica un mayor trabajo sobre nosotros mismos con el objetivo de estar regulados nosotros y poder ser más eficaces en las intervenciones.

El haber usado con anterioridad a la pandemia los medios como Zoom o videollamada, me hizo estar más cómoda con esta modalidad de trabajo.


A lo largo de los días me fui dando cuenta que la creatividad iba creciendo, buscaba nuevos recursos y anclajes para las distintas atenciones: niños, adolescentes, niños que viven en hogares de tránsito, operadoras de los hogares de tránsito, adultos, etc.

Entre estos recursos encontré que podía empezar a moverme. En un principio el celular o la computadora estaba fija y yo sentada frente a cualquiera de las dos pantallas. Pero poco a poco logré que la cámara fuera mis ojos. Entonces lo que yo miro, la cámara mira. Lo que yo leo, ella lee, y si el plano es más adecuado en mi rostro aprendí a cambiarlo según lo que entiendo que el paciente/niño necesite. Así se va dando una danza entre el niño y yo. Podemos jugar juntos, narrar un cuento, hacer burbujas, escondernos, buscarnos, dibujar, contarnos los que nos pasa, escuchar una canción, meditar, etc.


Aquí me gustaría detenerme en la sintonía. Elemento nodal en las terapias. Esta forma de crear sintonía con los pacientes se vio transformada pero no perdida. La sintonía tuvo que renovarse ya sea con estos cambios de planos, con los tonos de voz, con los recursos que ofrezco o con la preparación de la sesión (más adelante lo explicaré).

Claro que hay algunas cuestiones que cambiaron y extraño. Extraño poder apreciar el cuerpo entero del otro, sus gestos más sutiles, la posibilidad de hamacar a un niño o sostener su mano, poder trabajar con la distancia física por ejemplo.


Sin embargo aprendimos a danzar con el malestar: cuando el wifi no anda, cuando tengo que repetir varias veces las frases o cambiar del celular a la computadora varias veces en una misma sesión. Nos dio la posibilidad de esperarnos, de tenernos paciencia, de cultivar empatía: por ejemplo, tengo que estar de determinada manera delante de la cámara para que el otro me vea, tengo que esperar para no superponerme en lo que hablo o muestro, tengo que enfocar lo que quiero mostrar.


Inventé algunos recursos como planear algunos materiales (por supuesto sencillos y que haya en casa) de una sesión a otra. La mamá, el papá o el adulto que estuviera con el niño o el adolescente por sí mismo, los prepara y los deja cerquita para usar a la sesión siguiente. También se me ocurrió dejarles grabados cuentos entre semanas o hacernos dibujos y pasarlos por Whastapp y de esta manera el vínculo se sostiene de una manera más concreta y sobre todo entre sesiones.


Esta posibilidad constituye un sagrado ritual. Ritual que tiene como esencia el sentirse esperado, pensado, sentido por otro. Es la mejor manera de activar todo aquello que desde los apegos seguros nos sanan.


Descubrí que la magia traspasa la pantalla, y que puedo danzar con el niño como si estuviera conmigo. Para ello tuve que trabajar un poco más atentamente con mi voz. Descubrí que los matices de mi voz podían crear la sintonía de una manera más marcada a cuando estaba de manera presencial que se entrelazaba con mis gestos y mis expresiones corporales. Ahora tenía que jugar más con mi voz. Entonces, en especial con los niños, hago uso de la actuación y las inflexiones de mi voz para crear climas emocionales diferentes.

Puedo hacer uso de todos los sentidos, incluso del olfato. Tal vez ofreciendo la pregunta de las cosas que hay en casa para oler, así sea un paquete de yerba.


El sentido que más extraño es el del tacto. Cuando necesito de ese recurso pido ayuda a algún adulto para que sea la extensión de mi mano y si estoy con un adulto podemos ofrecer su propias manos para ofrecerse un mimo si lo necesita. En este sentido tuve que explotar mi capacidad para guiar al otro y elegir las palabras más adecuadas para ser los ojos del otro y poder guiar sus acciones.

Algunas veces extraño habitar los silencios. Ya que por estas nuevas vías uno no sabe muy bien si es por una falla técnica. Pero pude sortear el obstáculo avisándole al paciente que algunos silencios son para adorar lo que surge en ellos. Y de esta manera podemos volver a traerlos a nuestro espacio sagrado.


Al trabajar con terapias como la del EMDR me permite a su vez lograr los mismos objetivos que si estuviera en forma presencial, ya que en estas terapias el medio hábil es la estimulación bilateral de cerebro, y eso lo podemos hacer (abrazo de la mariposa) de la manera en que se utiliza cuando hacemos intervenciones en catástrofes o primeros auxilios psicológicos.


Si bien es verdad que el cansancio físico es mayor por la gran cantidad de horas que pasamos en frente a las pantallas y el esfuerzo en la atención para decodificar los gestos, expresiones, o en el caso de los niños para mantenerlos atentos en la sesión, hay un punto que contrarresta esta experiencia: la nueva intimidad compartida. Entramos a sus espacios sagrados, y nos dan la bienvenida a su hogar, a su rinconcito preferido o tan sólo al pedacito de su casa o habitación que eligen para nuestro encuentro, nos muestran su taza de desayuno, sus mascotas, su manta favorita, sus cuadernos, tomamos mate juntos, y hasta compartimos la tarea. No importa si la pared está descascarada o la pieza desordenada, o tienen los cabellos revueltos por estar recién levantados. Se conformó una nueva manera de conectarnos. Hasta algunos tienen la sesión en los autos para lograr mayor intimidad.


Cuando los niños están viviendo en hogares convivenciales, esta intimidad nos permite ver su día a día de manera concreta. Ya no hay que imaginarlo cuando el niño lo cuenta. Podemos conocer a sus referentes, operadores que trabajan con ellos, su cocinera, su heladera y hasta su baño. Aquello que les da miedo de su casa o del lugar donde viven.

Hay un gran recurso que tenemos y es que si estamos atentos a nuestra intención podemos ejercitar nuestra creatividad y flexibilidad a la hora de emprender o seguir el camino de la sanación.

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© 2018 por Paula Moreno, Psicóloga