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  • Paula Moreno

La palabra bordada

No es ninguna novedad que la poesía puede ser generadora de estados de calma. No es ninguna novedad que la Señora se pasee por los pasillos de los hospitales de la mano de los equipos de arte en salud con la bondadosa intención de sanar.


Sin embargo, es para mí una novedad que lo poético se convirtiera en mi manera de estar en el mundo. Esta nueva manera de estar por supuesto baña mi profesión.

La descubro cada vez que pongo mi mano dentro de un títere y cobra vida para narrar, la observé descansando en mi biblioteca, escurrida entre los libros de cuentos, haciéndose diminuta para entrar en un libro guardado en una caja de fósforos, silenciosa entre las páginas de un libro álbum, o colgada de un objeto que acabo de inventar para explorar la soledad. Así es la poesía.

Fotomontaje realizado por Agustin Gagliardi. IG: @agus.gagli

María Emilia Lopez dice “leer es construir sentidos sobre las cosas del mundo y las cosas se leen con la mirada, con el oído, con el olfato, con los dientes o con el movimiento del propio cuerpo, con el contacto corporal” (Nidos de Lecturas, Ministerio de Educación Argentina, 2021)


De esta manera siento que ofrezco lo poético en el espacio terapéutico. Una poesía corporizada en mí que se convida. Tal vez el mayor acto de creación sea descubrir cuándo convidarla. Junto a ello la posibilidad de estar atenta para no forzar la narración sino integrarla con mi experiencia clínica y con la historia que está narrando quien está a mi lado.

El espacio terapéutico es creador de efectos que también pueden definirse como poéticos.


A veces suceden cosas extrañas,

Un encuentro, un suspiro,

Un soplo de viento que sugiere

Nuevas aventuras de la mente y el corazón.

El resto viene por sí solo,

En la intimidad de los misterios del mundo.

Alda Merini

Traducción Stefania Di Leo.


Hace muchos años atrás, cuando no había Whatsapp, descubrí una manera de acompañar a un paciente de 6 años que vivía en un hogar de tránsito. Todas las noches el miedo lo visitaba y necesitaba que alguien lo acompañara para dormir. Los operadores del Hogar no daban abasto y no podían acompañarlo. Fue entonces que grabé con mi voz un cuento para cada noche. Buscamos la manera que el operador de la noche pudiera ponerlo en un grabador. Así inauguré la narración como intervención clínica.


Algunos poetas como Lopez hablan de los primeros libros que los bebes leen y dicen que son el “rostro libro” de sus cuidadores como aquello que aprenden a descifrar, con el humor, la alegría, el enojo, el amor, la indiferencia. Un rostro libro que le permita la “oralidad lúdico poética”, jugar con las palabras y los sonidos, jugar con lo imaginario. (Lopez, M. Emilia. Nidos de Lecturas, Ministerio de Educación Argentina, 2021).


Lo imaginario y lo poético no pueden separarse. Mi intención es darle lugar de manera consciente a través de las historias. Lo imaginario no es un medio sino el fin mismo.


¿No es éste el transcurrir de todas las intervenciones terapéuticas en la infancia?


Es posible.


Sin embargo, mi alegría consiste en descubrir las maneras de integrar la narrativa, la poesía, la imaginación y los cuentos como puentes para sanar.


Graciela Montes dice que “los cuentos tienen que encontrarse y para eso hace falta búsqueda” (La Frontera Indómita, Fondo de Cultura Económica, 1999). Así busco junto a las infancias ese camino poético clínico. La búsqueda misma se hace poesía.


¿Habrá algo más parecido a restaurar el sistema de conexión social? Entendiendo ese espacio como aquel que permite la coregulación, la capacidad de calmar, de escuchar, de dar y recibir, de hablar, de conectar. Este sistema de compromiso social también busca. Busca señales de seguridad. La vía de los sentidos serán una puerta de entrada a esas señales de seguridad. Lo que los ojos miran, la mirada y el contacto visual, es un transmisor de esas señales.


Por este motivo propongo el objeto cuento, títere que narra, Kamishibai, o teatro de sombras, como objetos que narran y que son imágenes para recorrer y para generar estados de seguridad y calma. Los libros álbum son grandes aliados, donde la imagen da lugar al bordado de palabras que no están escritas. Permiten que la neurocepción de la mano de lo visual pueda ser leída.


Recuerdo una niña que mientras yo estaba narrando con un títere pez, ella estaba inquieta, saltaba, giraba sobre ella, molestaba a otros niños y niñas que estaban en el salón de encuentros. Invité a la niña a sentarse cerca del títere. Seguía inquieta. Le ofrecí acariciar al pez. Su manito encontró lugar dentro del títere y las dos, con las manos una sobre otra, dentro del pez continuamos contando la historia. Fue sólo allí cuando se calmó. La historia del pez hablaba de una mamá pez globo que se enojaba tanto que sus pinches salían y nadie se le podía acercar.


Otras veces ofrezco una narración haciendo la invitación a sonreír en alguna parte del cuento y a notar el cuerpo cuando eso sucede. La sonrisa genuina transmite esa neurocepción de seguridad. Yo juego también, para que los niños y las niñas sientan que es seguro acercarse a mí.


En esta misma línea juega su rol la voz. Los sonidos son grandes indicadores de amenaza o de calma. Jugar con los matices de mi voz permite acercarme desde lo poético a ese mundo sonoro. La prosodia, el ritmo, la duración y la intensidad de los patrones sonoros juegan un rol esencial. Los susurradores son un puente para crear esta neurocepción de calma desde lo sonoro.


Los primeros vínculos que se entablan con las palabras son siempre apasionados. Todos recordamos de nuestra infancia palabras amadas a veces por su sonido, palabras salvajes, incompresibles otras, palabras que no se dejaban atrapar, palabras antipáticas o ridículas. Las palabras estaban vivas, eran bichos sonoros que se aparecían de pronto en distintas situaciones de la vida y se teñían de lo que esas situaciones nos significaban. No había acepciones oficiales, sólo palabras mías, vinculadas a mi vida (...). Las palabras no nacen pegadas a las cosas, son solidarias con ellas. Para mí "malvón" no podía separarse del contacto y el olor áspero de las hojas, del rojo brillante de los pétalos que me pegaba con saliva en las uñas para parecer una señora; "vereda" tenía el frío del agua que yo empujaba con el dedo por los canalcitos de las baldosas rumbo al cordón, tenía ruido a cadena y a pedal de bicicleta." Graciela Montes: "Lenguaje silvestre y lenguaje oficial o de cuando las palabras se separan de las cosas”, en “El corral de la infancia”. FCE. México, 2001.


La voz es una herramienta poderosa de regulación emocional. Una voz calma y segura, que deja espacios de silencio. Una voz que tuvo que ser encontrada primero en mi interior como terapeuta para ofrecer la búsqueda en el otro/otra.


La voz puede funcionar como recordatorio de un apego seguro. Cuando este último no estuvo presente, la voz calma permite crear las condiciones para repararlo.

Los matices de la voz generan la posibilidad de reflejar estados emocionales, amplificar las emociones o sensaciones físicas. Los sonidos sin palabras están contemplados en estos matices. Una voz que tiene como refugio el propio cuerpo.


“La voz nace del silencio” dice Cecilia Bonjour. Poder generar ese silencio desde lo poético es un camino del arte en salud. Puedo preguntarme:


• ¿Cuántas veces dejamos espacio al silencio? Complemento necesario de que exista la palabra.

• ¿Qué espesor tiene ese silencio?

• ¿Cómo es su cuerpo?

• ¿Cómo lo recibo? ¿Viene de mi interior atento o simplemente es vacío?

• ¿Permito que ese niñ@/adulto se sumerja en él?

• ¿Hemos aprendido a deletrear el silencio?


Sabemos que cuando los/las niñ@s han vivido una comunicación ruidosa, aterradora, violenta, pueden desarrollar miedo a los sonidos. Escuchar pudo ser peligroso. Oír implica discriminar las variaciones de sonidos o el énfasis de las palabras.


Por otro lado, la voz permite nombrar. Es quien otorga identidad. Alguien nombrado, es alguien visto, sentido.


¿Puedo imaginar las palabras bordadas con la voz? ¿Puedo sentir el silencio que las enhebra?


La narración en sesión se convierte en un espacio de calma, un lugar donde las emociones pueden recorrerse sin peligro, donde hay un adulto disponible que coregula a la infancia, un lugar donde expresarse.


Dice Laura Devetach: “Uno de los aspectos de lo poético es el ejercicio de la libertad del lenguaje para expresar nuestras cosas: las cosas que sabemos, las que sentimos, las que no sabemos, las que sentimos y no tiene palabras para ser expresadas”. (La construcción del camino lector, Comunicarte, 2008).


Esa libertad sólo es posible si están dadas estas medidas de seguridad externa e interna para ese niño o esa niña. Me atrevo a proponer que lo sea no sólo en la sesión sino entre sesiones. Así como lo hice en la era pre celular, lo propongo ahora.


Convido poemas, imágenes, cuentos, sonidos que puedan hilvanar la sesión, la vida diaria y la nueva sesión. Como si fuera todo el recorrido de una respiración.

Probablemente desde ese colchón de calma es que la infancia pueda descubrir el “equipaje poético” que guarda en su interior.


Devetach agrega que “la invitación es a capitalizar esos aspectos poéticos, aceptando la existencia de un ritmo interno, en la propia respiración, de los mensajes misteriosos de los sentidos, no formulados con palabras” (La construcción del camino lector, Comunicarte, 2008).


¿Está hablando de poesía? ¿Del espacio clínico?


En las sesiones, encontrar este ritmo interno será la primera instancia en los tratamientos psicoterapéuticos. Ritmo que toma la forma de ritual poético. Un ritual de entrada a cada sesión, de salida o en el medio del proceso.


Lo revolucionario de esta invitación reside en convidar sin esperar ningún resultado en particular. Si bien es importante saber cuándo y cómo convido la narrativa, no ofrezco ninguna interpretación. Confiando que, si ofrezco la poesía en un contexto de seguridad y calma, podrá sanar haciendo su recorrido. Todo lo que rodea a la narrativa, al arte poético, como un capullo de mariposa, cobijará el florecer, esas alas que se desplegarán.


Sostener esa incertidumbre y acompañar a un ser humano a explorarlo es parte de la obra creativa, es parte de lo más profundo del vínculo terapéutico.

Integrar este bordado poético vino de la mano de Maestras de la literatura como Iris Rivera, Diana Tarnovsky y de la lectura de otras como Graciela Montes, Laura Devetach, Cecilia Bonjour, María Teresa Andruetto, entre otras tantas poetas.


La adaptación de esta mirada a la clínica es un descubrimiento para mí. Fue desarrollándose a lo largo de los años a medida que entramaba estas disciplinas. Crear una historia narrada entre terapeuta y paciente, significa crear un lugar de encuentro y conexión. Un lugar de transformación, de sorpresa.


Este espacio implica una apertura hacia las familias de nuestros pacientes. La poesía circula en la familia como un tesoro que conecta. Es un puente entre ellos. Incluso convoca las historias ancestrales, de generaciones anteriores.


Las nanas son un ejemplo de ello. Esas canciones de cuna que las mujeres cantaban a sus hijos e hijas para dormir, se hacen presente en las sesiones. La invitación es a revivir las primeras palabras poéticas. Y si nunca estuvieron, enseñarlas, explorarlas, vivirlas. De ambos lados, de quien la canta y de quien la escucha. Estas nanas son envoltorios sonoros de amor y cuerpo. Lopez habla de una membrana afectiva que sostiene y acaricia con la voz.


Esas nanas en terapia ayudan a reducir la ansiedad, producen estados de calma, conectan con el niño/a interior, integra emociones, convoca al imaginario y logra un estado de seguridad interna.


Dice Emilia Lopez “ la crianza produce efectos poéticos, ya que hay un lenguaje intuitivo para comunicarse con los bebes. Algunos llaman a esto “maternes”. Estos encuentros tienen una melodía y ritmos especiales, se exageran ciertas pautas de acentuación, la entonación y las expresiones. Ese habla especial es una forma de empatía profunda. Este maternes forma parte de la sabiduría ancestral de la crianza”(Nidos de Lecturas, Secretaría de Educación Argentina, 2022).

Poder recrear esa “protoliteratura” en sesión, es una puerta de entrada al trabajo desde el apego.

Es entonces la palabra bordada una manera de crear experiencias compasivas, experiencias de amor. Un estado de presencia que recibe al otro con una historia por contar, con una poesía que abre un mundo nuevo, una historia nueva. Esta intención transmite : “Estoy acá para recibirte”, “te escucho y te veo, te siento, ”te acompaño para que escribas una nueva historia”.

En esta integración de lo poético y lo clínico se juega la libertad. Una libertad que descansa en el discernimiento, la empatía y la acción compasiva.

Me apasiona crear a partir de cuentos, prácticas meditativas que habiliten el cultivo de cualidades. Enlazar la narrativa con el mindfulness es un camino de arte y creatividad infinita.

(Leer el cuerpo narrado en esta página)


Dice Lopez:

Lecturar es, para mí, producir ese baño narrativo, lingüístico, poético, que tiene carácter de iniciación, y que pone en acción profundos procesos psíquicos, intelectuales, afectivos, simbólicos, de los que depende en gran parte el acontecimiento de convertirse en lector.


Lecturar reúne algo del verbo leer y algo del verbo amar. Algo así como trasvasar amorosamente a los otros el equipaje y las habilidades iniciales para construir, cada vez con mayor autonomía, la experiencia plena y emancipatoria de la lectura. Por eso lecturar supone una relación de compromiso e intimidad entre quien lectura y quien se lectura, como condición misma de la experiencia” (Nidos de Lecturas, Ministerio de Educación Argentina, 2022).

Me propuse que esos baños narrativos en terapia sean a su vez, el sustrato para ser desparramados fuera de la sesión. A otros conocidos o desconocidos. Se generan entonces entramados poéticos de común humanidad entre pacientes y terapeutas, familiares que dejan sus legados de amor narrados.


Tengo la esperanza de que estas palabras bordadas abracen a la comunidad y así despierte a su propio equipaje poético, a su equipaje de amor.

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