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  • Paula Moreno

Intervenciones desde el apego

Me senté en la sala de espera junto a mi hijo, aburrida y malhumorada por la tardanza del doctor. Los niños gritaban y corrían por los pasillos del hospital. Los tonos de la sala eran claros tirando a tristones, blancas las paredes, las sillas un beige apagado y los escritorios un marrón deslucido.


Casi sin hacer ruido , por un rincón de la sala contigua surgió un misterio. Una mujer de cabellos muy enrulados con un pañuelo verde atándolos como si en cualquier momento se fueran a escapar de su cabeza, hizo su aparición.

Llevaba una pollera un poco larga de un violeta rabioso, un saco rojo arriba de una remera verde loro y unos zapatos de payasa rojo intenso. Mis ojos estaban de fiesta. La energía del color rápidamente contagió a todo mi cuerpo que despertó de su letargo hospitalesco.


La maga sostenía en sus manos un elemento muy extraño. Por lo menos en aquel entonces así lo era para mí. Lo acercaba con la delicadeza de artesana a cada uno de los oídos de los niños que estaban en la sala. En ese momento todo se detenía, se suspendía en el aire. El niño que estaba corriendo cual desaforado, sólo podía pestañar y esbozar una sonrisa. Otros que estaban sentados con la carita más larga( como decía mi abuela) se disponían a agrandar sus orejas para recibir la caricia.


Ni lerda ni perezosa, y escapándome de la mirada anonadada de mi hijo, puse mi oído en espera. Una suave brisa comenzó a recorrerlo y un poema cálido y amoroso viajó desde la oreja hasta el centro de mi alma. Créanme, en ese momento sentí que el alma tenía una casita dentro mío. ¡La encontré!

La maga me explicó que ese objeto precioso que sostenía y que nos unía era un susurrador.

Y fue en ese mismo instante en que decidí, con toda la certeza de la que soy capaz, que quería tener un susurrador en mi vida.

Busqué a la artista que me guiaría en esa aventura. Maga y artista juntas para lograr el emprendimiento.


-¿Sos poeta?

- no

-¿Sos narradora?

-no

¿Sos clown?

-No, soy terapeuta


Buscamos con la artista los colores y las formas más adecuadas, soñamos juntas y sus manos expresaron y crearon el puente mas hermoso entre un ser humano y otro.

El susurrador estaba listo para integrarse a mi vida y a la de muchos otros.


Susurrar, runrunear, acariciar con la voz. Cada palabra que necesitara llegar a un niño que estuviera sufriendo, que tuviera un miedo irracional pero tan poderoso que se esconde en su ropero, o cada tristeza que hiciera vaciar sus ojos de agua y quedarse sin repuesto hasta al día siguiente, allí un susurro. Cada niño que tuviera una soledad que no supiera describir o un vacío negro que lo ocupa todo como una aspiradora emocional vaya saber enchufada a qué extraño lugar, un susurro. O si el cuerpito no pudiera calmarse por más técnica sofisticada que supiera, o tan sólo como manifestación cristalina de una felicidad que quisiera gritar como loco, un susurro.


Ofrenda suave y misteriosa el susurrador. Con sus paredes coloridas transformadas en tobogán para amplificar ese sonido poderoso de la voz, para acercar un cuento, una palabra, un poema, un haiku, una onomatopeya divertida.

Los susurros son regalos de la naturaleza. Como la espuma del mar que llega suave y sonora a la orilla, o el run run del arroyo entre las piedras, como el viento que susurra palabras de amor a las hojas de los árboles y la savia que las recorre con ese dulce canturrear, las ranas de la laguna que le susurran canciones de cuna a la luna, y hasta las sombras pueden jugara a susurrar.


Cada vez que el susurrador se convierte en una extensión de mi voz, y a su vez recibe amoroso el paso del canto de la voz de enfrente, se consolida el acto más amoroso y cuidadoso que podamos imaginar. Esa voz que se suspende en gotitas de sonidos en medio del tubo, son los arrullos que tuvimos, o que no tuvimos pero ahora se dan, son el ritmo perfecto del hamacar con la poesía y la suavidad exacta que nuestro cuerpo necesita recibir.

Podemos hasta descifrar el silencio entre un sonido y otro, un silencio que hace honor a quien escucha del otro lado, un silencio sostenido, respetuoso, suave, que permite esperar a la próxima nota de voz. Un silencio que te dice : te recibo en este susurro y te acepto como eres, un silencio susurrado en inspiraciones y exhalaciones hondas para volver a enviar esa tibia brisa musical.


Es en ese acto estremecedor que el susurrador revela su mayor verdad y se convierte en un hilo compasivo entre oído y oído. Porque logro escuchar atento lo que el otro tiene para mí y espero mi turno para luego transmitir mi verdad. ¿Hay mejor manera de susurrar amor?

Masin dice que" la poesía es como una forma de la empatía". Yo agregaría que es el dulce de leche que nos une, que nos convida un momento de juego e imaginación inconmensurable. Y ella se deja susurrar en forma de amor, en calma para nuestra mente.

El susurrador nos invita a jugar a través de las imágenes, los sonidos, los tonos de voz, los ruiditos del corazón y la rima poética.


Como un aliento de esperanza y vida que transmito, que regalo.

Cuando sufras de melancolía de caricias, cuando necesites sentirte sentido, cuando no logres descifrar tus preguntas, cuando necesites paz, suavidad en tu corazón, magia, ternura y silencio, no lo dudes: susurra.

Maga: Narradora Diana Tarnovsky

Artista plástica: María Gil Araujo

Terapeuta: Paula Moreno

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© 2018 por Paula Moreno, Psicóloga