Integración de EMDR, compasión y creatividad en el tratamiento del trauma relacional infantil

Artículo publicado en la segunda edición de la Revista Científica de la Alianza EMDR Latinoamérica y Caribe.
Introducción
Cuando el trauma relacional interrumpe el desarrollo de la seguridad, la conexión y la capacidad de tratarse con amabilidad, la reparación requiere algo más que el reprocesamiento de las memorias traumáticas. La presente propuesta sostiene que la integración de EMDR con los Dragones Compasivos —como dispositivos narrativos y experienciales que promueven la regulación emocional, la autocompasión y la creación de nuevas experiencias relacionales— constituye una vía eficaz para favorecer la integración del trauma y la reorganización del sentido de sí mismo en niños que han atravesado experiencias de traumatización compleja.
Hay niños que llegan a consulta convencidos de que algo en ellos está roto.
No suelen decirlo de manera explícita. Lo encontramos en sus silencios, en la dificultad para pedir ayuda, en la manera en que esconden sus emociones o en el modo en que intentan volverse invisibles. Otros llegan con conductas disruptivas, explosiones de ira o una intensa necesidad de controlar cuanto sucede a su alrededor. Detrás de cada una de estas manifestaciones suele existir una historia común: la experiencia repetida de la desconexión.
El trauma relacional tiene una cualidad particular. La herida ocurre precisamente allí donde debería haberse encontrado refugio. El niño necesita acercarse a quienes ama para regular su sufrimiento, pero son esos mismos vínculos los que muchas veces resultan incapaces de ofrecer seguridad, sintonía o consuelo.
DeYoung (2024) describe la vergüenza como una experiencia relacional de desconexión.
Cuando esta desconexión se vuelve persistente, el niño no sólo pierde la posibilidad de sentirse acompañado emocionalmente, sino que comienza a construir una narrativa acerca de sí mismo. No piensa que el vínculo falló. Piensa que él es quien falla.
La vergüenza se convierte entonces en una lente a través de la cual interpreta el mundo.
Con el tiempo, el universo emocional comienza a empobrecerse. La curiosidad disminuye. La espontaneidad se retrae. El juego pierde libertad. La capacidad de reconocer necesidades internas se vuelve confusa. Lo que alguna vez fue una estrategia adaptativa para preservar el vínculo termina transformándose en una organización del yo marcada por la soledad, la inseguridad y la desconexión.
A lo largo de mi trabajo clínico con niños, niñas y familias que han atravesado situaciones de trauma relacional cuyo impacto se lee en una traumatización compleja, he observado que muchas de las intervenciones que resultan eficaces comparten un elemento común: ayudan a restaurar experiencias de conexión.
EMDR ha constituido una herramienta fundamental para acompañar estos procesos. Su capacidad para facilitar el re procesamiento de experiencias traumáticas, integrar recuerdos disfuncionalmente almacenados y promover nuevas asociaciones adaptativas ha contribuido significativamente a la comprensión contemporánea de la recuperación del trauma (Leeds, 2016; Shapiro, 2018). Sin embargo, cuando las heridas se originan en los vínculos tempranos, el procesamiento de las memorias suele requerir algo más que el acceso a la información traumática. Requiere crear las condiciones necesarias para que el niño pueda sentirse acompañado mientras se acerca a aquello que durante años debió enfrentar en soledad. Por otro lado, necesitamos un abordaje psicodinámico que potencie, tal como describen Vliegen et al. (2026), los procesos de mentalización en los cuidadores.
Comprender el trauma relacional implica también reconocer que sus huellas no se organizan únicamente como recuerdos narrativos, sino como alteraciones profundas en la manera en que el niño percibe su propio cuerpo y el mundo que lo rodea. Lanius y colaboradores describen el trauma como una lesión de los sistemas sensoriales, capaz de modificar la forma en que la información proveniente del cuerpo y del ambiente es registrada, integrada y utilizada para construir una experiencia de seguridad. Desde esta perspectiva, la sensación de amenaza deja de ser exclusivamente una interpretación cognitiva para convertirse en una vivencia corporal persistente, donde los sentidos, el movimiento, el equilibrio, la interocepción y el contacto interpersonal participan activamente en la organización de la experiencia traumática (Lanius et al., 2025).
Esta comprensión resulta especialmente relevante para el trabajo con niños. Como plantea Shore, el trauma temprano compromete la integración entre el cerebro de supervivencia, los sistemas emocionales y las áreas corticales responsables de la reflexión, el acceso exclusivo a estrategias verbales suele resultar insuficiente (2012). El juego, los objetos narradores, los títeres y las experiencias sensorio motrices ofrecen entonces una vía privilegiada para restablecer esa integración desde una dirección "bottom-up” (intervenciones de “abajo hacia arriba”, en donde se comienza por la experiencia corporal, sensorial, emocional y autonómica, en lugar de partir del análisis cognitivo) , favoreciendo nuevas experiencias de seguridad que posteriormente podrán ser elaboradas mediante procesos reflexivos y de procesamiento adaptativo, como propone el abordaje EMDR.
La integración de esta adaptación en donde se combinan el uso del arte, títeres, el trabajo desde las artes narrativas, la terapia centrada en la Compasión y EMDR, se convierten en un abordaje eficaz en este tipo de traumas.
EMDR y trauma relacional
El Modelo de Procesamiento Adaptativo de la Información ofrece un marco particularmente útil para comprender el trauma relacional. Las experiencias de desconexión temprana quedan almacenadas en redes de memoria que contiene emociones, sensaciones corporales, imágenes y creencias negativas acerca de uno mismo. En el caso del trauma relacional, estas experiencias no suelen estar organizadas alrededor de un único evento traumático, sino de múltiples experiencias repetidas de rechazo, humillación, ausencia emocional o falta de sintonía.
Por esta razón, el trabajo terapéutico requiere adaptaciones que prioricen la seguridad, la estabilización y el fortalecimiento de recursos.
EMDR permite acceder a estas experiencias implícitas y facilitar su integración. Sin embargo, en niños con trauma relacional severo, la vergüenza suele funcionar como una barrera que dificulta el acercamiento a las memorias traumáticas.
La evitación, la autocrítica, la disociación y el rechazo de aspectos vulnerables del yo suelen aparecer como intentos de protegerse del dolor asociado a estas experiencias.
Es aquí donde la compasión adquiere un papel fundamental.
La compasión permite desarrollar una actitud de curiosidad, aceptación y valentía frente al sufrimiento. En lugar de acercarnos a las experiencias traumáticas desde la exigencia o el juicio, aprendemos a hacerlo desde una presencia amable capaz de sostener aquello que fue vivido en soledad.
Desde esta perspectiva, la compasión no constituye una intervención separada de EMDR. Se convierte en el contexto emocional dentro del cual el procesamiento puede ocurrir.
Trauma relacional y vergüenza: cuando la desconexión se convierte en identidad
Los seres humanos construimos el sentido de quiénes somos dentro de las relaciones. Durante la infancia, las experiencias de cuidado, regulación y sintonía emocional constituyen el principal organizador del desarrollo psicológico.
Cuando el vínculo de apego ofrece seguridad, las inevitables rupturas relacionales encuentran reparación. El niño descubre que puede experimentar frustración, enojo o tristeza sin perder el amor de quienes lo cuidan.
Sin embargo, cuando la desconexión se vuelve persistente, la experiencia cambia radicalmente.
La vergüenza emerge allí donde el encuentro fracasa. Cuando el niño necesita ser visto y encuentra indiferencia. Cuando necesita protección y encuentra rechazo. Cuando necesita consuelo y encuentra soledad.
En contextos de trauma relacional, el niño se enfrenta a una tarea imposible: preservar el vínculo con quienes depende para sobrevivir aun cuando esos mismos vínculos sean fuente de sufrimiento. Como consecuencia, suele atribuirse a sí mismo la responsabilidad de aquello que ocurre.
Resulta menos amenazante pensar "hay algo malo en mí" que aceptar que quienes deberían cuidarlo no pueden hacerlo.
Poco a poco la vergüenza deja de ser una emoción y se transforma en una identidad.
La persona deja de creer que hizo algo malo y comienza a sentir que ella misma es mala.
Aparecen entonces creencias nucleares como "no merezco amor", "soy defectuoso", "hay algo malo en mí", "no soy importante", "estoy solo". Estas cogniciones constituyen frecuentemente el núcleo de las redes de memoria traumática que posteriormente encontramos durante el procesamiento EMDR.
La vergüenza también afecta profundamente la regulación emocional. Algunos niños se vuelven agresivos y controladores. Otros se esconden, evitan el contacto visual o se desconectan de sus emociones. Aunque las manifestaciones sean diferentes, todas buscan proteger al niño de una experiencia interna percibida como insoportable.
La curiosidad, el juego, la espontaneidad, la imaginación y la capacidad de pedir ayuda suelen quedar inhibidos. El mundo interno se vuelve un territorio desconocido y temido.
Desde esta perspectiva, el desafío terapéutico no consiste únicamente en procesar recuerdos traumáticos. Implica ayudar al niño a desarrollar una nueva relación consigo mismo. Como así también, crear un contexto relacional más seguro con sus cuidadores.
Compasión y creatividad: los Dragones Compasivos como experiencia reparadora
La Terapia Centrada en la Compasión fue desarrollada por Paul Gilbert para trabajar con personas que presentan altos niveles de vergüenza y autocrítica. Su objetivo principal es desarrollar la capacidad de responder al sufrimiento con sensibilidad, comprensión y deseo de aliviarlo.
Cuando comencé a integrar este modelo al trabajo con niños observé que muchos de los conceptos resultaban difíciles de transmitir únicamente a través de explicaciones verbales. Los niños necesitaban tocar, imaginar, jugar y experimentar la compasión.
Por otro lado, como manifiesta Malchiodi (2023), la terapia de artes expresivas ayuda a los pacientes a estar en contacto con maneras de sanar que no involucran el lenguaje, sino el cuerpo y las sensaciones fisiológicas.
De esta necesidad nacieron los Dragones Compasivos. Los dragones constituyen una adaptación propia de las intervenciones basadas en CFT para la infancia. Funcionan como objetos narradores y mediadores simbólicos entre el niño, su mundo interno y su manera de vincularse con los otros.
Desde el inicio del tratamiento forman parte de la construcción del vínculo terapéutico y de la psicoeducación acerca de la regulación emocional. La adaptación es amplia e involucra varios títeres y objetos narradores que fueron creados con todas las cualidades necesarias para desarrollar en el mundo interno del niño.
El primero de los dragones representa el Ideal Compasivo. Posee cualidades de valentía, sabiduría, fortaleza, ternura y amabilidad. Sus antenas le permiten detectar el sufrimiento y acercarse a él. Su mirada transmite calidez y seguridad. Este dragón ayuda a los niños a imaginar cómo sería relacionarse consigo mismos desde una actitud compasiva.
El segundo dragón representa la capacidad de acercarse al sufrimiento. Tiene grandes alas que le permiten descender a las profundidades del océano y regresar. Junto a él aparece un pequeño dragón bebé que simboliza las partes heridas de la experiencia. A través del juego, los niños aprenden a sostener ese sufrimiento, cuidarlo, alimentarlo y protegerlo en lugar de rechazarlo.
El tercer dragón representa la vergüenza. Puede esconder su cabeza dentro de su cuerpo, cubrirse con sus alas y retraerse frente a la mirada de los demás. Su diseño permite explorar corporalmente las posturas asociadas a la vergüenza y desarrollar conciencia sobre la forma en que esta emoción se expresa en el cuerpo.
El cuarto dragón representa a la culpa. Es un dragón que posee alas muy pequeñas, casi imposibles de ser desplegadas, tiene un mecanismo de peso en su cola de dragón, de manera que se arrastra con su peso y su espalda está encorvada. Su mirada es esquiva y la cabeza está encogida.
Junto a ellos aparecen también el Cerebro Terapéutico y el Cerebro Primitivo. El primero contiene los tres sistemas de regulación emocional descritos por Gilbert: amenaza, logro y calma. El segundo ayuda a comprender las respuestas automáticas de lucha, huida o congelamiento asociadas al trauma.
También es posible que los niños tengan en sus manos el cerebro compasivo. Tal como lo describo en mi libro “Recursos creativos para la intervención clínica” (Moreno, 2026), este cerebro posee una serie de objetos que representan las cualidades que podemos cultivar para tener una mirada amorosa con nuestra vida y con nosotros mismos.

Estos recursos permiten traducir conceptos complejos en experiencias concretas, favoreciendo procesos de conexión hemisferio derecho a hemisferio derecho que resultan esenciales para la reparación del trauma temprano.
Los Dragones Compasivos pueden integrarse a todas las fases del protocolo EMDR.
Durante la preparación facilitan el desarrollo de recursos internos y la regulación emocional. Son un medio hábil para trabajar en el vínculo terapéutico. Facilitan la evaluación y el rastreo de información acerca de la comunicación familiar y sus maneras de vincularse.
Durante la evaluación ayudan a identificar necesidades insatisfechas, emociones difíciles y creencias negativas. Tanto a nivel individual del niño como de la familia toda.
Durante el procesamiento pueden funcionar como figuras protectoras, acompañantes compasivos o representantes simbólicos de aspectos vulnerables del yo. Durante la instalación fortalecen nuevas experiencias de seguridad, aceptación y conexión.
Asimismo, resultan especialmente útiles en el trabajo con niños que presentan síntomas disociativos. Los dragones facilitan la aproximación a estados internos rechazados, promueven la cooperación entre partes de la personalidad y permiten desarrollar una mirada compasiva hacia aspectos previamente asociados con vergüenza, miedo o rechazo.
La creatividad deja entonces de ser un recurso complementario para convertirse en un lenguaje terapéutico. Un lenguaje capaz de llegar allí donde las palabras todavía no alcanzan.
El uso de títeres en el tratamiento de niños con impacto traumático, se convierte en un camino de trabajo desde el enraizamiento, la autorregulación, el sentimiento de seguridad y la posibilidad de crear un nuevo sentido a la narrativa traumática.
Si la vergüenza nació dentro de una experiencia de desconexión, la reparación necesita ser vivida dentro de una experiencia de conexión.
Los Dragones Compasivos buscan ofrecer precisamente esa experiencia.
Integración de los Dragones Compasivos en las ocho fases del protocolo EMDR
La integración de los Dragones Compasivos dentro del abordaje EMDR no constituye una técnica aislada ni un recurso accesorio. Se trata de una manera de habitar el protocolo desde una perspectiva compasiva, relacional y creativa. Los dragones acompañan al niño a lo largo de todo el proceso terapéutico, favoreciendo la regulación emocional, el desarrollo de recursos internos y la construcción de nuevas experiencias de apego.
Fase 1. Historia clínica y planificación del tratamiento
Durante la evaluación inicial, los Dragones Compasivos facilitan la exploración del mundo interno del niño. Muchos pacientes que han atravesado trauma relacional presentan dificultades para identificar emociones, necesidades o experiencias corporales. A través del juego simbólico, los dragones permiten acceder a información que frecuentemente no aparece mediante preguntas directas.
El terapeuta puede observar con qué dragón se identifica el niño, cuáles rechaza, cuáles teme o cuáles necesita. Estas elecciones suelen ofrecer valiosa información acerca de los estados emocionales predominantes, los sistemas de regulación activados y las experiencias de apego internalizadas.
Asimismo, los dragones permiten comenzar a identificar aspectos fragmentados de la experiencia que posteriormente podrán ser abordados durante el procesamiento.
Los dragones son facilitadores de la creación del vínculo terapéutico que se gesta desde las primeras entrevistas.
Fase 2. Preparación
La fase de preparación constituye uno de los momentos más importantes en el tratamiento del trauma relacional.
Muchos niños llegan a terapia con escasos recursos de autorregulación y con el sistema de amenaza persistentemente activado. Antes de acercarse a las memorias traumáticas necesitan desarrollar experiencias internas de seguridad.
En esta etapa los Dragones Compasivos, el Cerebro Terapéutico y el Cerebro Primitivo adquieren un papel central.
El Cerebro Terapéutico permite comprender los sistemas de amenaza, logro y calma descritos por Gilbert. Los niños aprenden a reconocer cuándo su cerebro de amenaza está activado y qué recursos pueden ayudarlos a regresar a estados de mayor regulación.
El Cerebro Primitivo facilita la comprensión de las respuestas automáticas de lucha, huida y congelamiento. Esta psicoeducación suele disminuir significativamente la vergüenza asociada a determinadas conductas, ya que permite comprenderlas como respuestas adaptativas de supervivencia. Los títeres ofrecen una cuota de humor y alegría que, en dosis adecuadas, permiten restaurar esa energía vital perdida.
En paralelo, el Dragón Compasivo comienza a desarrollarse como una figura interna de apoyo. A través de historias, dibujos, visualizaciones y juegos, los niños exploran las cualidades de sabiduría, valentía, fortaleza y amabilidad. Cada dragón además tiene un fuego sagrado que es el medio hábil para ofrecer esas cualidades que todavía no pueden reconocer en ellos mismos.
Más que crear un personaje imaginario, el objetivo es comenzar a construir una nueva experiencia interna de relación consigo mismos.
Fase 3. Evaluación
Durante esta fase los dragones facilitan la identificación de emociones, necesidades y cogniciones negativas asociadas a las experiencias traumáticas.
Con frecuencia, los niños encuentran menos amenazante expresar pensamientos difíciles a través de los personajes. El Dragón de la Vergüenza suele convertirse en un puente para explorar sentimientos de inadecuación, exclusión o no merecimiento. Desde lo fisiológico permite hacer un rastreo del estilo “bottom up”. Entonces, una postura determinada puede ayudar a evaluar una sensación física incómoda y tal vez, asociarse muy de a poco con una emoción determinada.
Preguntas como "¿qué cree este dragón acerca de sí mismo?" o "¿qué necesita escuchar este dragón?" permiten acceder a material clínico relevante sin exponer al niño de manera abrupta.
Asimismo, la presencia del Dragón Compasivo comienza a introducir perspectivas alternativas frente a las cogniciones negativas.
Fase 4. Desensibilización
Durante el procesamiento, los Dragones Compasivos funcionan como acompañantes simbólicos que ayudan al niño a permanecer dentro de la ventana de tolerancia.
Cuando emergen emociones intensas de miedo, vergüenza o soledad, el Dragón Compasivo puede acercarse a la escena traumática, acompañar al niño que sufrió la experiencia o sostener aspectos vulnerables del recuerdo. Este dragón posee alas muy grandes para abrazar al niño. Posee también, en sus patas unos dedos que le permite apoyarse en los brazos del niño o en su hombro, como un gesto de cuidado y protección.
Esta intervención no busca evitar el procesamiento emocional sino favorecer una aproximación segura al material traumático.
El niño deja de enfrentar la experiencia traumática en soledad. Comienza a hacerlo acompañado por una representación interna de cuidado y protección.
Fase 5. Instalación
A medida que las cogniciones positivas comienzan a fortalecerse, los dragones ayudan a dar forma concreta a las nuevas experiencias.
Creencias como "soy valioso", "merezco cuidado" o "puedo pedir ayuda" dejan de ser únicamente afirmaciones cognitivas para transformarse en experiencias relacionales encarnadas.
El Dragón Compasivo representa la posibilidad de establecer un vínculo diferente con uno mismo.
Fase 6. Escaneo corporal
Muchos niños con trauma relacional presentan una profunda desconexión respecto de sus sensaciones corporales.
Los dragones facilitan la observación de las respuestas corporales asociadas a distintas emociones. El Dragón de la Vergüenza o el de la Culpa permite identificar posturas de encogimiento, ocultamiento o retracción. El Dragón Compasivo, por el contrario, ayuda a explorar sensaciones asociadas con seguridad, expansión y calma.
De esta manera, el cuerpo deja de ser únicamente un lugar donde aparecen síntomas para transformarse en una fuente de información y regulación. Es posible que encuentren un lugar calmo en sus cuerpos. Los dragones pueden ayudar en esta búsqueda fisiológica de calma.
Fase 7. Cierre
Durante el cierre, los dragones favorecen la integración de la experiencia terapéutica.
El niño puede revisar qué aprendieron los personajes, qué desafíos enfrentaron y qué recursos descubrieron durante la sesión. Esta narrativa facilita la consolidación del trabajo realizado y fortalece el sentido de continuidad entre una sesión y otra.
Asimismo, los dragones pueden acompañar al niño fuera del consultorio mediante dibujos, historias o pequeños objetos que funcionen como recordatorios de las capacidades desarrolladas.
Fase 8. Reevaluación
En la fase de reevaluación, los dragones permiten observar los cambios ocurridos a lo largo del proceso.
Con frecuencia, resulta significativo revisar cómo se encontraba inicialmente el Dragón de la Vergüenza y cómo se relaciona consigo mismo después del procesamiento.
Estos cambios simbólicos suelen reflejar transformaciones profundas en la organización emocional del niño.
Conclusión
La utilización de los Dragones Compasivos dentro del protocolo EMDR amplía sus posibilidades clínicas en aquellos casos donde las heridas relacionales tempranas han dejado profundas experiencias de vergüenza, desconexión y soledad.
La creatividad ofrece un lenguaje. La compasión proporciona una actitud. EMDR aporta un marco sólido para el procesamiento adaptativo de la información.
Cuando estos tres elementos se encuentran, se abre la posibilidad de que aquello que fue vivido desde la vergüenza pueda ser observado con curiosidad; aquello que fue rechazado pueda ser acogido; y aquello que quedó atrapado en el dolor pueda finalmente encontrar caminos de integración.
En definitiva, los Dragones Compasivos constituyen una invitación a que el procesamiento traumático ocurra dentro de una experiencia relacional marcada por la seguridad, la ternura y el cuidado. Porque cuando el trauma se origina en la desconexión, la reparación necesita ocurrir en el encuentro.
Bibliografía
DeYoung, P. A. (2024). Comprender y tratar la vergüenza crónica: Sanar el trauma relacional del hemisferio derecho. Eleftheria.
Lanius, R. A., Stanley, E. A., & Spinazzola, M. B. (Eds.). (2025). Sensory pathways to healing from trauma: Harnessing the brain's capacity to heal via the senses. W. W. Norton & Company.
Leeds, A. M. (2016). A guide to the standard EMDR therapy protocols for clinicians, supervisors, and consultants (2nd ed.). Springer Publishing Company.
Malchiodi, C. A. (2023). Trauma y terapia de artes expresivas: Cerebro, cuerpo e imaginación en el proceso de curación. Eleftheria.
Moreno, P. (2026). Recursos creativos para la intervención clínica. Amazon.
Shapiro, F. (2018). Eye movement desensitization and reprocessing (EMDR) therapy: Basic principles, protocols, and procedures (3rd ed.). Guilford Press.
Shore, A. N. (2012). The science of the art of psychotherapy. W. W. Norton & Company.
Vliegen, N., Tang, E., Midgley, N., Luyten, P., & Fonagy, P. (2026). Trabajo terapéutico con niños con trauma complejo: Un enfoque psicodinámico de tres vías. Desclée de Brouwer.



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