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Las cicatrices como territorio narrativo. Una intervención creativa en el tratamiento del trauma

  • Foto del escritor: Paula Moreno
    Paula Moreno
  • hace 1 día
  • 8 min de lectura

Cuando las historias no encuentran las palabras para ser narradas, ofrecer otros territorios para dialogar con el sufrimiento suele ser una buena idea.


Las personas que han sufrido el impacto del trauma pueden verse profundamente afectadas en distintos aspectos de su desarrollo. Una de esas dimensiones es la regulación fisiológica. Esta alteración puede llevarlas a respuestas extremas vinculadas con la hiperactivación —estado de alerta constante, imágenes intrusivas, emociones desreguladas y sensaciones que desbordan— o con la hipoactivación, caracterizada por el adormecimiento de las emociones y de las sensaciones, el entumecimiento, la pasividad e incluso la parálisis (Ogden, 2009).


Sabemos que parte del impacto traumático en quienes han vivido experiencias desreguladoras en sus vínculos tempranos de apego es la instalación de una sensación de inseguridad interna y de una desconfianza básica hacia los vínculos. Esto afecta también sus capacidades de exploración y curiosidad, tanto respecto de sí mismos como del mundo que los rodea.


Las texturas del cuerpo pueden convertirse en una invitación a esa exploración: la piel y sus pliegues, los músculos, una cicatriz. Abrir espacios en el cuerpo puede transformarse en un camino diferente para narrar aquello que, hasta ese momento, no había podido ser contado.


Desde hace muchos años desarrollo una exploración que integra el arte textil, el cuerpo, el trauma y la narrativa. La experiencia sensorial constituye una fuente de enorme riqueza para abordar las memorias traumáticas, ya que estas suelen almacenarse de manera fragmentada y tener como núcleo imágenes y sensaciones somatosensoriales. La narrativa propia del trauma no suele organizarse de forma lineal ni coherente.


Si el cuerpo recuerda a través de las sensaciones, quizás también pueda narrar a través de ellas. Las telas, las texturas y las costuras ofrecen un lenguaje diferente del verbal. Permiten acercarse a aquello que todavía no encuentra palabras. Como señala Malchiodi, el cuerpo conserva una narrativa implícita acerca de cómo cada persona se ha adaptado a aquello que percibe como peligroso. Esa narrativa se comunica a través del cuerpo, pero también mediante las artes expresivas (Malchiodi, 2020).


La autora retoma las enseñanzas de Peter Levine al señalar que las personas traumatizadas pueden sentirse tan abrumadas que la energía necesaria para responder al evento traumático queda bloqueada en el cuerpo, particularmente en los músculos y en el sistema nervioso (Malchiodi, 2020).


Asimismo, Bessel van der Kolk sostiene que el trauma no permanece únicamente como un recuerdo narrativo, sino que queda inscripto en el cuerpo a través de patrones sensoriomotores, respuestas fisiológicas y memorias implícitas. Desde esta perspectiva, el cuerpo no solo conserva la huella de lo vivido, sino que también puede convertirse en una vía privilegiada para acceder a esas experiencias y transformarlas. Crear dispositivos que inviten a la exploración corporal desde la curiosidad, la seguridad y el vínculo terapéutico favorece que aquello que permanecía encapsulado pueda comenzar a encontrar nuevas formas de integración (Van der Kolk, 2015).


Desde la perspectiva de Daniel J. Siegel, muchas de las experiencias tempranas quedan almacenadas como memoria implícita, es decir, como patrones de sensaciones corporales, emociones, percepciones y tendencias a la acción que influyen en la vida presente sin necesidad de ser recordadas de manera consciente. Estas memorias no se organizan inicialmente en forma de relato, sino que se expresan a través del cuerpo y de los modos de relacionarse con uno mismo y con los otros. 


Cuando el proceso terapéutico ofrece experiencias de seguridad, sintonía e integración, esas memorias implícitas pueden comenzar a transformarse en experiencias que adquieren significado y que, progresivamente, encuentran una narrativa coherente (Siegel, 2020). Desde esta perspectiva, el dispositivo textil no busca que el paciente recuerde de manera deliberada aquello que vivió, sino que crea las condiciones para que el cuerpo pueda expresar aquello que todavía no había encontrado un lenguaje posible.


Por otra parte, desarrollar lo que Ogden denomina sentido somático de los límites ayuda a que la persona recupere una sensación de seguridad fisiológica y pueda discriminar cuándo es posible entrar en conexión con los demás. El lenguaje corporal expresa permanentemente estos estados mediante movimientos y posturas que comunican seguridad o peligro.


El dispositivo que diseñé consiste en un vestido negro con costuras distribuidas en brazos, costillas, espalda y torso. Cada costura posee bordes de tela y, en su interior, diferentes texturas, cavidades y recorridos. Fue confeccionado por la realizadora de arte Adriana Flaiban, con quien trabajo desde hace años.


El vestido está realizado con una tela que se expande y adopta la forma del cuerpo. Posee, además, un peso que transmite sensación de sostén sin resultar agobiante.

Al explorar las costuras, algunas de ellas se conectan con otras zonas del vestido, mientras que otras concluyen allí mismo.



Las cicatrices del vestido no están cerradas: permanecen abiertas para ser exploradas. Poder hacerlo con las manos implica entrar en contacto con ese material. Recorrerlo. Habitarlo. Se ingresa en la cicatriz con cuidado y curiosidad. El paciente no permanece como un observador de esa cicatriz, sino que se convierte en protagonista de la experiencia. Puede decidir hasta dónde explorar y cuándo detenerse.


Para que este proceso sea posible, resulta indispensable que exista previamente un vínculo terapéutico sólido y seguro. El terapeuta se constituye en un co-regulador que acompaña este acercamiento profundo al sufrimiento.


Esta forma de narrar la cicatriz posibilita el despliegue de una experiencia compartida diferente.


En este punto, la presencia del terapeuta adquiere un valor que excede el acompañamiento técnico. Patricia DeYoung (2015) comprende la vergüenza como una experiencia profundamente corporal e interpersonal. No se trata únicamente de una emoción, sino de un estado que organiza la manera en que la persona habita su cuerpo y se relaciona con los demás. La vergüenza crónica lleva con frecuencia a ocultarse, a disminuir la propia presencia y a evitar el contacto, como una forma de protegerse de una nueva experiencia de humillación o rechazo. Desde esta perspectiva, explorar el cuerpo en presencia de un otro que ofrece sintonía, respeto y regulación constituye una experiencia sanadora. La curiosidad reemplaza progresivamente al temor, y el cuerpo comienza a descubrir que puede ser contemplado, sentido y habitado sin quedar expuesto al peligro.


Cada textura evoca cualidades capaces de despertar la memoria: algunas raspan, otras poseen volumen; algunas esconden, otras revelan; unas presentan un fondo lejano al borde, mientras que otras lo ofrecen cercano; algunas sostienen y otras están atravesadas por filamentos.


Es posible que estas experiencias sensoriales despierten la necesidad de elaborar vivencias difíciles del pasado. Terapeuta y paciente evaluarán conjuntamente si ese trabajo puede realizarse en ese momento o si conviene retomarlo en un encuentro posterior.

Al mismo tiempo, buscamos que el cuerpo pueda comenzar a experimentarse como un lugar seguro. Explorar con curiosidad, acompañado por un terapeuta que regula el proceso, se transforma en una experiencia de sintonía y conexión positiva. Es una manera amorosa de contrarrestar la evitación que el trauma suele dejar como huella.


Cuando el cuerpo deja de ser únicamente el lugar donde ocurrió el daño y comienza a convertirse en un espacio posible de exploración, también se modifica la relación que la persona establece consigo misma. La experiencia sensorial compartida favorece una actitud de amabilidad hacia el propio cuerpo. En lugar de responder desde la crítica, el rechazo o la vergüenza, aparecen gradualmente la curiosidad, la compasión y el cuidado. Estas experiencias constituyen recursos fundamentales para favorecer la integración del trauma y ampliar la capacidad de permanecer presentes frente a aquello que antes resultaba intolerable.


El dispositivo incorpora también el movimiento, un elemento fundamental para identificar patrones de acción que pudieron quedar fijados durante la experiencia traumática y favorecer nuevas respuestas. Explorar las cicatrices y permitir que las manos bailen sobre ellas suele convertirse en un recurso especialmente valioso.


Este dispositivo textil invita a recorrer la cicatriz desde la agencia. Las manos, que forman parte del mismo cuerpo, generan una experiencia de cuidado en la que el recorrido respeta profundamente el ritmo del paciente. Se hace posible pivotear entre espacios de mayor y menor intensidad, entre texturas más suaves o más ásperas, ampliando progresivamente la ventana de tolerancia.


Cada textura ofrece una experiencia sensorial nueva que entra en diálogo con memorias antiguas.


A su vez, el vestido posee un peso cuidadosamente calculado que favorece sensaciones de contención, sostén y enraizamiento.


La metáfora simbólica del dispositivo permite que el acercamiento ocurra de manera respetuosa, favoreciendo la ampliación de la ventana de tolerancia del paciente. La exploración no es vivida como invasiva, sino como un proceso protegido y guiado por quien la experimenta.


Cuando trabajamos desde esta perspectiva, la integración de EMDR y de las prácticas compasivas encuentra un terreno fértil para continuar el proceso espiralado propio del tratamiento del trauma.


Recorrer el dispositivo textil acompañado de prácticas de gratitud hacia el cuerpo o de meditaciones compasivas que le ofrezcan posibilidades de reparación constituye una manera de abordar la vergüenza y la culpa.


Nos encontramos ante la posibilidad de regular el cuerpo y sus activaciones fisiológicas mediante un lenguaje artístico. Alcanzar una sensación sentida a través de este cuerpo hecho tela favorece el desarrollo de la conciencia corporal y la posibilidad de discriminar entre el cuerpo que habitó el trauma y el cuerpo que existe en el presente.


Este recorrido favorece el autoconocimiento y la regulación corporal. Poco a poco, el cuerpo comienza a convertirse en un mapa capaz de orientar las emociones. Ese mapa corporal constituye, en definitiva, una narración acerca del propio cuerpo y de la historia del paciente. Se transforma en una experiencia profundamente encarnada.


Malchiodi cita a Solomon, quien sostiene que el mapeo corporal constituye una forma de contar historias y de crear imágenes visuales sobre uno mismo, sobre la propia vida, el cuerpo y el entorno (Malchiodi, 2020).


Este abordaje, que integra las artes textiles y la narración del cuerpo a través de las cicatrices, constituye una extensión del proyecto El cuerpo narrado. Una vez más, el arte demuestra ser una vía indispensable para acercarnos al sufrimiento humano y acompañar sus procesos de transformación.


La cicatriz posee una fuerza simbólica singular. No representa una herida abierta ni un tejido intacto. Es la memoria de una lesión que logró reorganizarse para seguir sosteniendo la vida. No borra el dolor, pero tampoco queda detenida en él. Habla de transformación. En este sentido, el recorrido por el dispositivo puede comprenderse también como una experiencia de integración. Tal como plantea Siegel, sanar no implica borrar aquello que ocurrió, sino favorecer la conexión entre aspectos de la experiencia que habían permanecido aislados por efecto del trauma. Las sensaciones, las emociones, las imágenes, el movimiento, el lenguaje simbólico y la presencia reguladora del terapeuta comienzan a entrelazarse en una nueva organización de la experiencia. El cuerpo deja de comunicar únicamente fragmentos del sufrimiento para convertirse en un espacio donde esos fragmentos pueden vincularse y adquirir un significado diferente.


Quizás por eso constituye una metáfora privilegiada para trabajar con el trauma. No invita a negar el sufrimiento, sino a reconocer que, incluso allí donde existió una profunda ruptura, es posible construir nuevas formas de continuidad.


Cuando el paciente introduce sus manos en las cicatrices del vestido, no solo explora una textura. Explora una posibilidad. Recorre un territorio donde la memoria corporal puede ser visitada sin quedar nuevamente atrapada en ella. Lo hace acompañado por un otro que sostiene, regula y testimonia ese recorrido. El cuerpo deja entonces de ser únicamente el escenario donde el trauma quedó inscripto para convertirse también en el lugar donde puede comenzar la reparación.


En este sentido, El cuerpo narrado continúa expandiéndose como una investigación clínica y artística acerca de las múltiples maneras en que el cuerpo narra su historia. Allí donde las palabras aún no alcanzan, las texturas, el movimiento, el peso de una tela, una costura abierta o una cicatriz simbólica pueden ofrecer un lenguaje diferente. Un lenguaje que no busca explicar el sufrimiento, sino acompañarlo hasta que encuentre, poco a poco, una nueva forma de ser habitado.


Quizás esa sea una de las mayores posibilidades del arte en la clínica del trauma: ofrecer un territorio donde el cuerpo pueda dejar de defenderse para comenzar, lentamente, a crear.



Bibliografía


Ogden P, Minton K, Pain C. El trauma y el cuerpo. Un modelo sensoriomotriz de psicoterapia. Bilbao: Desclée de Brouwer; 2009.


Malchiodi CA. El trauma y las artes expresivas. El cerebro, el cuerpo y la imaginación en el proceso de curación. Bilbao: Desclée de Brouwer; 2020.


Van der Kolk B. El cuerpo lleva la cuenta. Cerebro, mente y cuerpo en la superación del trauma. Barcelona: Editorial Eleftheria; 2015.


DeYoung PA. La vergüenza crónica. Perspectivas relacionales sobre una emoción difícil de abordar. Bilbao: Desclée de Brouwer; 2015.


Siegel DJ. La mente en desarrollo. Cómo interactúan las relaciones y el cerebro para modelar nuestro ser. 3.ª ed. Bilbao: Desclée de Brouwer; 2020.

 
 
 

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