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  • Paula Moreno

Ti Pi: El refugio como recurso terapéutico

Una vez más abrí mi bolso de Mary Poppins, lo saqué con ceremonial cuidado, sacudí su historia y soplé sobre él. Mi aliento lo bañó con la alegre esperanza de llenarlo de energía transformadora.


La primera vez se armó dentro de la carpa india de Belén que descansaba aburrida en el balcón. Una cocinita para hacernos papas fritas, una tablet, sus plantitas y listo. - ¿Entramos Paula? - me invitó.

Mi imagen desde la pantalla del celular se recostaba en una hojita de malvón mullido y bien verde.


- ¡Ya estamos seguras! - dijo con voz firme.


Al día siguiente algo nuevo sucedió. Necesitábamos vencer al miedo más terrible de todos los tiempos jamás imaginados: los recuerdos.



Juani desde el piso me acomodó en el ángulo entre las dos paredes de su pieza, un poco de costado y tapada con una frazada, que apenas me dejaba observar lo que allí sucedía.

Juani buscó desesperadamente su linterna, la botellita de agua que lleva a todos sus campamentos y unos anteojos que según me aseguró, largan rayos infrarojos. Cerramos la cueva con sillas y muñecos, hasta quedar los dos bien protegidos.


Mica en cambio tomó la decisión de armar su refugio debajo de su cama cucheta. Entramos juntas, yo diría casi, casi de la mano. Yo estaba de espaldas desde la pantalla del celular pero Mica me relataba paso a paso los amuletos protectores que elegiría: sus aparatos de los dientes, el memo test y el dominó apilados, la caja de encastres y una chica super poderosa de plástico duro. Por un momento pensó que se había olvidado del guardián más poderoso, el dragón que Paula sostenía desde el otro lado de la pantalla y que hacía unos rugidos aterradores para espantar cualquier tristeza.


Esa noche, cuando corté la última vieollamada, suspiré muy hondo y contemplé el precioso regalo que nos estábamos brindando. No pude evitar la humedad de los ojos a medida que recorría cada refugio, cada guarida, cada cueva, cada tienda de campaña, cada fortaleza armada.

Todas y cada una diseñadas según la necesidad, con el discernimiento claro de todos los objetos que necesitaban para existir y convertirse en tal.

Estaba frente al espacio más sagrado de protección, de cuidado, de cobijo. ¿Puede haber mejor anfitrión?


En esas cuevas amorosas entran cuentos, poesías que nos llenan de imaginación, almohadones bien mullidos para descansar, mascotas para acariciar, mantas para cubrirnos, comida para alimentarnos, un chocolate bien grande, una linterna y todo aquello que se digne de ser guardián.

Nuestros refugios tienen una puerta o abertura para entrar y dejar entrar, como también para salir y dejar salir.


Como suele suceder en todas las tiendas, hay que hacer una pequeña reverencia ( agachándose hasta que la espalda lo permita) antes de entrar. Descubrimos que este saludo era uno de los rituales más importantes en nuestro campamento. Esa reverencia era la manera de darnos la bienvenida a nosotros mismos. Como si allí adentro nos esperara nuestro mejor amigo: nosotros.


¿Sienten el calorcito desde adentro? Es el fuego imaginario que nos alumbra y nos recuerda que allí podemos descubrir nuestra fuerza interior. También nos pregunta ¿Dónde estás refugiándote?


Les explico a cada uno que va a ingresar en él que podemos decidir la orientación de nuestra tienda para que la luz entre mejor.

Cada refugio se siente como si hiciéramos una pausa, así como el escalador necesita hacer una pausa en su viaje y entrar a la cabaña a descansar. Así nos pausamos para cuidarnos, para tomar coraje, para recobrar fuerzas, para decir lo que nunca antes nos animamos a decir, para iluminar con la linterna aquello que necesita luz. Para encontrarnos con las sombras que no asustan porque se cobijan a nuestro lado.


Hicimos un descubrimiento más. Descubrimos un refugio dentro de otro. Nuestro cuerpito está protegido en la tienda porque él mismo se convierte en nuestro mejor refugio. Un cuerpito que necesita calor, alimento, taparse los pies o la cabeza, que descansa sobre la madre Tierra, haciéndose raíces en ella y absorbiendo todas sus bondades.


- ¡Paula! - gritó Maite. ¡Tenemos que buscar palitos, broches de ropa, piedritas, cualquier objeto que sostenga nuestra carpa!

-¡Claro Maite! ¡Qué importante buscar los postes que unirán las soguitas que sostengan nuestro refugio! - Y cada broche de ropa en cada esquina de la sábana hecha pared fue bautizado en una ceremonia digna de reyes.


Para tomar refugio necesitamos broches de coraje, de fortaleza, de amabilidad, de bondad, de amor.

Maite cortó un pedacito de chocolate amargo, me convidó imaginariamente a través de la pantalla y corrió apenas la tela de la tienda. Un rayito de luz fue el testigo de las palabras más sabias que pude escuchar.


- Paula, este refugio es más lindo cuando estamos las dos. -

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© 2018 por Paula Moreno, Psicóloga