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Tamizando de humildad los encuentros terapéuticos: reflexiones desde una experiencia de coterapia

  • Foto del escritor: Paula Moreno
    Paula Moreno
  • 9 jun
  • 18 min de lectura

Por Belén Romá y Paula Moreno


Resumen


Este escrito reflexiona sobre un proceso terapéutico de revinculación entre una hija adulta y su madre, atravesadas por una historia de violencia familiar y desconexión emocional. A partir de una experiencia de coterapia desarrollada entre dos terapeutas de distintos países y modelos de trabajo afines, surge una exploración acerca de la humildad como cualidad clínica fundamental. La experiencia permitió pensar la práctica terapéutica desde el no saber, la errancia, la confianza, la sensibilidad cultural y el trabajo interdisciplinario sostenido por el arte y la compasión. Asimismo, se abordan los desafíos de acompañar procesos vinculares complejos sin ocupar el lugar del experto que todo lo sabe, favoreciendo en cambio una posición ética basada en la escucha, la colaboración y la presencia humana. Este escrito propone considerar la humildad no como una renuncia al conocimiento profesional, sino como una disposición interna que posibilita encuentros terapéuticos más genuinos, horizontales y transformadores.


  1. Introducción: El comienzo del proceso terapéutico


1.1 Una revinculación adulta


Hace un tiempo atrás, recibí una consulta un tanto particular: una joven adulta me solicitó si podía acompañarla en un tratamiento para revincularse con su madre (Paula). El motivo de consulta giraba en torno a la violencia que habían vivido en la infancia de la joven adulta y cómo eso hizo que su madre no estuviera disponible para ella. Sin saberlo, la joven estaba realizando su propio proceso terapéutico con la psicóloga Belén Romá.


En mi caso (Belén) no supe que mi paciente, a la que llamaremos Mar, había decidido empezar este proceso con su madre, ni quién sería la terapeuta que las acompañaría, hasta el mismo momento en que comenzó. Fue una primera experiencia de humildad personal en este camino, ya que la iniciativa no había surgido de mí, sino de ella, tras mucho tiempo de trabajar juntas sobre ese vínculo en la terapia individual. Sentí mucha emoción ante su decisión, pero también algo de temor por lo que pudiera suceder, ya que conocía las serias dificultades y los dolores profundos que habían acompañado su vivencia familiar. Cuando supe que era Paula la terapeuta elegida, no podía creerlo. Fuimos elegidas, sin pedirlo nosotras. Mar nos eligió y nos llevó a trabajar juntas. Nunca había imaginado ser compañera de Paula en una experiencia de esta naturaleza. 


1.2 Manos a la obra  


Belén llevaba trabajando varios años con Mar pero decidimos que sólo compartiríamos algunas cuestiones previas al tratamiento para que yo pudiera entender el contexto de esta familia.


Este era un desafío de “errancia” en el sentido de navegar entre dos personas cuyas historias no conocía en profundidad pero que ambas estaban allí para que el vínculo entre ellas fuera más saludable.


Si bien la comunicación con Belén no era semanal, nos manteníamos en una conversación que tuvo una cualidad especial.


Aquí apareció una primera semilla de humildad para ambas. Cada una de nosotras compartimos con la otra, alguna dificultad surgida en la sesión, alguna novedad relevante o una mirada que ayudara a la otra en el proceso. De ninguna manera aparecían cuestionamientos al trabajo de la otra o sugerencias de por dónde seguir.


La escucha humilde permitió respetar que se trataba de procesos distintos, pero que tenían puntos de unión. También favoreció el respeto incondicional por el trabajo de cada una en los propios espacios.


En una de nuestras conversaciones, Belén me comentó que  si bien tuvo experiencia, hace muchos años en España, de  colaboración  en duplas, en Perú no había tenido experiencias similares. A diferencia de su experiencia, yo (Paula) empecé a trabajar en duplas en el programa de Asistencia al Maltrato Infantil desde el inicio de mi profesión. A pesar de provenir de experiencias diferentes, estábamos trabajando en dupla de una manera preciosa.


La humildad encuentra un terreno fértil en el trabajo de la coterapia. Escuchar al otro sin imponer la propia agenda, se convierte en un desafío, pero, sobre todo, ocurría algo muy hermoso: cada vez que nos comunicábamos para planificar una intervención en conjunto, aparecía un sincero agradecimiento por el trabajo realizado por la otra. No solamente agradecidas de manera interna sino en la comunicación de ese agradecimiento.


Desde el inicio, sentimos que la otra terapeuta era un apoyo. Formábamos parte de una red con una misión común y el trabajo se sentía más seguro al contar con la presencia y el conocimiento de la otra persona, sin necesidad de reuniones formales establecidas. Yo percibía esta experiencia (Belén) como si fuéramos dos tejedoras, cada una avanzando su tarea, para un tejido común.  


¿Qué se requiere para sentir la presencia de otra colega a la distancia? ¿Qué gestos, acciones, intenciones, diálogos y maneras de conversar tuvieron que estar activadas para que esa presencia se haga cuerpo?


1.3 Descubrimos la humildad


El trabajo con estas dos hermosas y valientes mujeres me llevó a pensar en el desafío que significaba, hacer una revinculación de adultos (Paula). Ambas con un recorrido de vida que yo desconocía. La madre de Mar nunca había estado en un proceso como éste y jamás había abordado las consecuencias de la violencia familiar en ella y mucho menos en su hija.


Acompañar ese proceso tan doloroso para la hija, de expresar las experiencias de desconexión profunda de su madre, fue por momentos devastador.

La madre iba y venía en su entendimiento emocional y cognitivo de todo ese proceso y en empezar a reconocer su falta de conexión. Este camino no puede ser calificado con otro adjetivo que no sea el de la humildad. Una humildad profunda de aceptar que el vínculo estaba dañado y que para repararlo había que hacer grandes esfuerzos.


La humildad de ambas mujeres al escucharme en mis intervenciones fue estremecedora. 


También hubo espacio para que el arte se tejiera entre nosotras. La humildad del gesto: ellas confiaron en que lo que les estaba ofreciendo era parte del “pegamento” necesario para esas sesiones o para el tiempo entre sesión y sesión.


También reconozco la semilla de la humildad en el balance del proceso y en el aceptar que, si bien no está todo resuelto, ellas podrían seguir intentándolo sin mi guía. 


Para mí (Belén) fue un aprendizaje profundo desde el primer día, el no preguntar sobre el contenido de las sesiones que Mar compartía con su madre y con Paula. Fue una invitación a esperar, aprendiendo a acoger con incertidumbre y desconocimiento, lo que ella decidiera compartir.  Esperar, acoger y confiar en lo que Mar deseaba o no revelar y así poder trabajar sobre lo que iba viviendo en ese espacio, si así lo decidía.


Poder trabajar en este territorio de incertidumbre implica un gran trabajo de las terapeutas. Tolerar esa incomodidad. Incluso la hemos dibujado, le pusimos textura, y la contemplamos. 

 

Ha sido un aprendizaje a habitar un mayor silencio, al no saber, a no preguntar de más, recordándome que lo que ocurría en el otro ámbito terapéutico, era sagrado y, solo si ella lo consideraba necesario, traería a la sesión individual lo que le había generado ese espacio vincular, para procesar algún dolor, para celebrar los logros o para preparar el siguiente paso que ella deseaba dar en el otro lugar (Belén).

 

Confiar en Mar, en Paula y en la mamá, a quien no conozco. En este camino, he sentido una profunda admiración por el trabajo que Mar, su mamá y Paula hacían en sus encuentros. Yo era una observadora privilegiada y al mismo tiempo, una participante, desde otro lugar de la escena, de lo que estas tres mujeres iban hilando. No sé si pueda expresar lo que he aprendido, lo que me he conmovido y lo que he crecido en esta experiencia, desde el momento en que iniciamos este viaje compartido.


  1. Raíces: La humildad como suelo


2.1 Humildad: humus


La palabra humildad proviene del latín humilitas que deriva de humilis, cuyo significado es “cercano a la tierra”. Ser humilde significa estar en contacto con la tierra, es decir, con lo esencial, con lo real, con aquello que nos sostiene. Por eso humildad puede entenderse como “estar con los pies en la tierra”, no elevarse por encima de los demás, recordar el propio origen común.


La humildad es, en ese sentido, una forma de pertenencia.  Al reconocer nuestra condición humana, volvemos suavemente al suelo del que todos venimos.


2. 2 La humildad en nuestros propios procesos


El proceso de la revinculación entre dos adultas donde no conocía la historia de ninguna de las dos, fue realmente un desafío de humildad (Paula).


Humildad no significa que uno no sepa por dónde caminar. Abarca también el acto de mirarnos y reconocer nuestra sabiduría interior y por qué no  la sabiduría de lo aprendido en todos estos años.


Sin embargo, la cualidad de humildad en el terapeuta se manifiesta también desde otras aristas.


Lo primero que sentí al acompañar este proceso fue que tenía que aprender a hablar su idioma (Paula). Y no me refiero sólo al idioma familiar sino al cultural (expresiones, costumbres, humor, historia de vidas, lugares, olores, sabores, tradiciones). 


Se puede creer erróneamente que una argentina sabe el idioma español, sin embargo, no es así. 


Sólo tuve un abuelo gallego, que dejaba escapar sus frases originarias y nos hacía reír. Pensé que no era poco, así que decidí compartir algunos de esos recuerdos para acercarme humildemente a sus vidas.


¿Se siente junto a la humildad un abismo?  Tal vez. 


El enorme respeto entre nosotras, cuatro mujeres: una argentina, tres españolas y una de ellas mitad española mitad peruana, fue colosal. Porque lograr acomodar nuestras historias en función de un objetivo de sanación, fue un proceso de armado artesanal.


La humildad hace preguntas. Esa capacidad que tiene de ayudarnos a entender a otro a través de preguntar de manera amorosa. 


Si surgía un lugar geográfico como recuerdo de infancia, quería saber cómo era. Imaginar esos lugares tiene un pie en la humildad. Tal vez no lo pueda imaginar tal cuál es, sin embargo, gracias a la mentalización de ese lugar habitado por ellas, podía acercarme a sus sentires.


Tolerar esa pequeña brecha. Ese espacio del “como si estuviera allí”, sin haberlo hecho. Este proceso se repitió en muchas sesiones o en varios momentos de una misma sesión. Entonces, creer que ya lo tenía aceitado, hubiese sido correrme de la humildad. 


¿Me ocurrió? Claro que sí.  ¿Cómo volver de esos lugares? Como la misma práctica de atención plena, empezando de nuevo con infinita paciencia y pidiendo infinita paciencia.


También ellas tuvieron que hacer un esfuerzo por entender mi humor, mi arte, mis palabras, mis anécdotas, mi acento criollo, mi manera poco convencional de integrar algunos títeres en la terapia de adultos.


¿Será contagiosa la humildad?


Ofrecer una poesía en un momento determinado del proceso o de la sesión, tal vez entre sesiones, y no saber a qué parte de sus corazones llega, es un acto de humildad. Es humilde notar el proceso de mis pensamientos y mis emociones en ese momento: ¿lo entenderán?, la poesía no se entiende, se siente (decía mi mente), ¿Pensarán que estoy muy nacionalista si les leo poesía argentina? ¿Les ayudaré con este títere que amo y forma parte de mi corazón?


Acá se abre otra pregunta: ¿Necesito primero estar consciente para traer a las sesiones la humildad? ¿Son prácticas separadas? ¿Son cualidades de una misma forma que toma la conciencia?


2.3 Errancia y humildad


Retomando la pregunta acerca de las cualidades de la humildad y la conciencia, creemos que son parte de una misma disposición. Cuando practicamos mindfulness lo hacemos desde la intención de una mente que entrena cualidades como la paciencia, la mente de principiante, la capacidad de contemplar que no hay nada más que hacer que lo que estamos haciendo en este mismo momento.


Dice Saint Exupery: “si quieres construir un barco, no empieces por buscar madera, cortar tablas o distribuir tareas. Primero has de evocar en los hombres el anhelo de mar libre y ancho”.


¡Qué bella manera de evocar esa disposición interna curiosa, inspirada, receptiva, donde la experiencia nace del descubrimiento más que de la certeza!!


El mayor desafío está justamente en saber que vamos a pasar por esta experiencia de navegar aguas inciertas. Al mismo tiempo, nuestros pacientes confían en nosotras y en nuestra experiencia. Si logramos transmitir que el proceso es la experiencia, estaremos en buen puerto.


Nos vamos a permitir citar un ensayo poético:


“La errancia es inherente a la tarea de escribir, un viaje sin rumbo fijo guiado por el impulso, el deseo de la palabra y la capacidad de búsqueda. No posee la certeza de un destino, es un tránsito, un andar en procura del camino propicio que en su hacer pueda otorgar sentido. Como todo viaje, implica un alejamiento, una retirada de lo conocido y del llano aplanado en la reiteración ya sin estímulos para explorar. La capacidad de errancia no teme al extravío, a lo irresuelto, se deja llevar hacia aquello que sucede sin atarse a los caminos direccionados, es mayor la atracción por lo que pueda ocasionar la eventualidad. La errancia es desplazamiento, la felicidad es desplazamiento en una ruta”. (Alicia Genovese)


¿Cómo practicar esta decisión ética del no saber ante un otro? ¿De la errancia del proceso?


2.4 Arte y humildad


El no saber, nos ha acompañado a las cuatro viajeras a lo largo de este proceso. Entre las muchas cosas que nos han sostenido en este viaje, está el arte que hemos compartido en estos dos espacios terapéuticos, pero también  el arte que nos acompaña y sostiene a nosotras dos, en nuestra vida personal. En mi caso (Belén), el poema Ítaca de Konstantino Kavafis, ha sido una brújula y una forma de estar en los procesos terapéuticos, también en este viaje. Itaca es una invitación, como dice una parte del poema, a hacer el viaje con corazón curioso y agradecido

 

Ten siempre a Itaca en tu mente. Llegar allí es tu destino. Mas no apresures nunca el viaje. Mejor que dure muchos años y atracar, viejo ya, en la isla, enriquecido de cuanto ganaste en el camino sin aguantar a que Itaca te enriquezca.


Itaca te brindó tan hermoso viaje. Sin ella no habrías emprendido el camino. Pero no tiene ya nada que darte.


Aunque la halles pobre, Itaca no te ha engañado. Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia, entenderás ya qué significan las Itacas.

 

Tengo este poema en el folder donde guardo la historia de Mar, como un recordatorio para mirar y valorar cada paso de este viaje y como un compromiso a recoger con atención y cuidado, cada riqueza que Mar vaya encontrando, creando y descubriendo.

 

Sin haberlo planeado, Paula y yo, hemos acompañado este proceso con imágenes, frases, canciones, poemas y hasta con memes de un humorista, del que Mar y yo, somos admiradoras. 


Cultivar la humildad en nuestra vida y trabajo, es un arte, un proceso, un viaje, con tormentas, con brisas, con frutos, con vacíos, como ocurre en toda travesía terapéutica. Y no podemos imaginar un viaje sin arte, sin verlo, sin crearlo, sin apoyarnos en él, sin agradecer su compañía en esta travesía en la que no sabemos aún cómo será  esa Itaca hacia la que nos hemos enrumbado. 


Incluir el arte en la terapia no es solamente una metáfora. Cuando le proponemos a algún paciente un trabajo desde el arte y en este caso era a dos personas, Belén no sabía el impacto en Mar. Eso era un desafío para las terapeutas.


Cuando se pide llevar adelante una producción artística, confiamos en que el proceso se hará camino, que las personas pueden contemplar lo que han creado y que ello devela un nuevo sentido. Ni Belén ni yo conocemos ese sentido. No podemos ni siquiera imaginarlo. En el caso de un trabajo vincular, tenemos que agregar que hay algo de lo creativo en el vínculo entre esas dos obras de arte.


Recuerdo trabajar con la mamá de Mar en el arte con fotos (Paula). El proceso de recorrer esa obra abrió caminos inesperados y dolorosos en el proceso terapéutico. Sin embargo, la mediación del arte humilde permitió recorrer esos territorios, de una manera más amorosa, externalizada y a su vez tangible. Bordear con las manos las fotos, los rostros, los recuerdos, las experiencias vividas, cómo se acomodaron en cada una de ellas, en sus mundos internos. 


Confiar en la humildad del arte para decir aquello que no es posible pronunciar.


Los cuentos también estuvieron presentes. ¿Por qué la narrativa está mezclada en esta humildad? Cuando uno comparte la historia de un cuento, el recorrido del mismo, sus ilustraciones, los espacios en blanco y la narrativa misma, son un camino a lo desconocido. Las terapeutas podemos guardar en nuestro corazón el sentido de esa historia para nosotras, pero al compartirla con otro, la dimensión de la humildad se empieza a desplegar. Humildad de soltar nuestras expectativas, del impacto que esas imágenes, o esa historia tuvo en nosotras o de lo que imaginamos podía serle útil a nuestro paciente, para dejar abierta la dimensión del recorrido del otro ser humano.


Ofrecer sin esperar nada a cambio, es el mejor ejemplo de humildad. 


  1. La humildad del encuentro


3.1 La humildad como antídoto


Cada vez más, somos invitados a ser expertos en nuestra profesión, a especializarnos, a tener conocimiento actualizado, científico y también divulgarlo al servicio de la salud mental. Sin duda eso es valioso y necesario para nosotras y para las personas que acompañamos. Pero el riesgo de que este “ser experto” nos lleve a conductas, estilos o formas de trabajar no saludables es muchas veces una tentación invisible que requiere mucha sabiduría, supervisión, trabajo personal, autocuidado y muchas otras condiciones, que a veces en nuestra labor, generalmente solitaria, no podemos reconocer. Para eso, tener como compañera de viaje a la humildad, es sin duda, indispensable en el ejercicio terapéutico. 


¿Quién no ha experimentado alguna vez, momentos en que el conocimiento, experiencia o rol, nos ha llevado a conductas (a veces pueden ser también “micro gestos”) de autoritarismo,   de cierta arrogancia o soberbia, de un poder mal usado, de intervenciones algo invasivas o ritmos inadecuados?. No es posible no haberlas tenido alguna vez, nosotras también. Quizás por eso, caminar de la mano de la humildad puede ayudarnos a reconocer esos modos de proceder o momentos puntuales en los que los hemos tenido y así tomar conciencia para repararlos y encaminarnos de nuevo.


La humildad no está en nuestros programas de formación profesional y tenemos una asignatura pendiente que va llamando con urgencia a nuestra puerta. Si, la humildad es un buen antídoto contra la soberbia en el espacio terapéutico que nos puede hacer mirar al “otro” (paciente, colega, alumno) desde arriba o quererlo salvar arrebatándole sutilmente, su capacidad de agencia, su voz, sus decisiones y su sabiduría.


¿Cómo es y cómo sería caminar en este viaje de manera horizontal?, ¿en qué se enriquecería este viaje si lo hacemos desde la colaboración y la cooperación?, ¿qué requiere de nuestra parte? 


Esto no significa que no tengamos claro el mapa del trabajo. El faro que guía nuestra intervención debería ser el poder conectarnos genuinamente con esa persona y su dolor. ¿Nos han enseñado el verdadero significado de la común humanidad?


Si practicáramos esa amplitud de conciencia, tal vez el camino sería distinto. Y aquí no sólo se convierte en una buena noticia sino en una gran responsabilidad.


¿Será que los traumas no resueltos en los terapeutas juegan un papel a la hora de perder la humildad ?¿La vergüenza puede funcionar como motor de acciones poco humildes?


3.2 Humildad cultural: "Mi mundo no es el único" 


Trabajar en equipo, terapeutas y pacientes de distintos países y contextos culturales, como hemos podido vivir en esta experiencia, nos ha ayudado a descentrarnos en el buen sentido de la palabra. Y es que “mi mundo” no es el único, ni lo es mi país, mi familia, mi forma de trabajar, mi modelo terapéutico ni mi arte. Sí, tenemos un “mi” que es real y bueno, pero acá necesitamos vernos también como un “nosotros y nosotras” rico, multicultural, con apertura a  lo diferente, a otras miradas y propuestas. 


Paula, Belén, Mar y su madre, somos cuatro mujeres diferentes, con historias diferentes. Si una sola coge el timón, el viaje tiene muchas probabilidades de empobrecerse y nosotras de perdernos. 


La humildad cultural en la terapia nos invita, por un lado, a mirarnos personalmente y reconocer que llegamos impregnadas culturalmente en cada poro de nuestra piel, pues somos profesionales que venimos de una historia y cultura determinada. Nos compromete a cultivar una escucha atenta y una curiosidad respetuosa   que nos ayude a comprender los antecedentes culturales, las identidades y las particularidades de esa persona que tenemos delante. Nuestras culturas están siempre en nuestro espacio terapéutico y la humildad cultural nos recuerda que somos siempre aprendices, que tenemos que revisar nuestros prejuicios y cuestionarnos si la imposición cultural, aunque sea sutilmente, puede estar flotando en nuestra labor.


3.3 Autocompasión y humildad


La autocompasión es un camino posible de gestión emocional que encuentran los terapeutas y que permite cultivar la humildad. 


Tara Brach propone en su libro Compasión radical una manera de acercarnos a esta mirada autocompasiva con el acrónimo RAIN:


R: reconocer

A: aceptar

I: investigar

N: nutrir


Ella propone llevar estas experiencias hacia el interior de nuestro mundo interno. Sobre la posibilidad de ser espejos de bondad para otros. 


¿Es posible entonces que la humildad vaya de la mano de la bondad?


Si podemos ir paso a paso en este RAIN, podremos hacer una pausa para contemplarnos y por ende para contemplar lo que nuestros pacientes traigan a sesión y en especial en el vínculo con ellos.


Para reconocer y aceptar cualquier emoción, pensamiento, sensación, se requiere de un gran coraje. Y eso es necesario también reconocerlo. Ser curiosas en este punto, es un despliegue de humildad. No sabemos exactamente lo que vamos a encontrar. Nos gusta la idea de que esta aceptación sea a pasos pequeños reconociendo cuándo no es posible hacerlo. La autora dice que esto se llama tolerancia afectiva (Brach, pag, 47).


Investigar lo que ocurre en cada arista del proceso terapéutico, requiere una atención benévola y curiosa. Incluimos acá la posibilidad de hacernos preguntas y hacer preguntas con la paciencia para explorarlas. Sin apuro de la respuesta. 


Nutrir esta mirada amorosa entre nosotras cuatro, es ofrecer un modelaje humilde de trabajo con un corazón cálido y fuerte.


Hubo momentos en el proceso de la revinculación donde las dos mujeres, madre e hija no podían estar juntas en la misma habitación. Mucho menos mirarse. El proceso de acercamiento paulatino en este ejercicio tan profundo de mirarse una a la otra, llevó prácticamente toda la terapia. Fue un camino de reconocimiento de sus estados emocionales. Ellas habían estado desconectadas durante mucho tiempo, con lo cual, no sabían una de la otra. Poder ir reconociendo estos estados internos junto con aceptar lo que eso provocaba en ellas, llevó una paciencia infinita. Reconocer compasivamente implica luego hacer cambios en beneficio propio y del otro. 


Tara Brach hace una pregunta que nos pareció interesante: ¿Dónde te duele? (Brach, pag, 214). Ambas mujeres de este proceso, se hicieron esta pregunta y aprendieron a reconocer el sufrimiento de la otra, a escucharlo sin juzgar. 


  1. Humildad en comunidad: Confiando en la sabiduría del otro y la que surge del encuentro


Recuerdo el día que hablé con Paula, habiendo decidido ya Mar y su madre continuar su camino solas, sin las sesiones conjuntas. Y lo recuerdo porque le mostré con profundidad y emoción lo que había sentido en este proceso recorrido que ahora llegaba a su fin.  No le había dicho antes a Paula que cuando comenzamos, yo sentí temor e inseguridad de mostrar mi trabajo ante ella y, con cierta vergüenza  le compartí  la pregunta  que me vino el día que supe de su presencia ¿qué pensará Paula de la forma en que trabajo con Mar? (Belén)


Le enseñé mi propia vulnerabilidad y mis miedos, pues hacía muchos años que yo no emprendía un viaje con una colega de esta forma, y además valoro y admiro muchísimo la  forma de trabajar y de estar en la terapia y en la vida, que Paula tiene.


Le revelé también que, ahora que ella no iba a estar, tenía una mezcla de sentimientos. Sentía una alegría profunda por todo lo que ella había logrado en esas sesiones, un orgullo en el corazón por esta compañera de camino, pero a la vez tenía una pena grande al  saber que ya no estaría. No fue sino hasta este diálogo,  que pude poner nombre  y compartirle lo que me había generado su presencia. Y es que Paula me había regalado seguridad, sabiduría, compañía y tierra firme en este viaje,  invitándome, sin saberlo  ella, a una  mayor apertura, a confiar, a agradecer.   Con Paula y su trabajo con Mar y su madre, yo había crecido mucho, y también había vivenciado con múltiples matices, la  humildad de una manera transformadora. No era un valor escrito en papel, era una experiencia sentida en mi cuerpo y,  yo  digo también,  en mi alma.  Como dice el  joven artista argentino Milo J en su canción Solifican12 “¿Por qué no humanizarme? Soy otra gota de un paño gigante".  Y es que este viaje acompañada,  sin duda me ha humanizado sabiéndome parte de un tejido más grande.


Creo que ese día en que hablamos desde el corazón, de lo  que habíamos recorrido juntas,  pusimos las primeras semillas de este escrito. Gracias a Mar y su madre, nosotras también emprendimos este viaje y disfrutamos de estos nuevos hilos que han enriquecido  tanto nuestro vínculo. 


Y si bien “trabajar con” es una experiencia profundamente enriquecedora, creemos que no es  fácil y  que no lo haríamos con cualquier colega. Podemos quizás preguntarnos ¿qué necesito  yo de la otra persona para poder trabajar juntas y viceversa?. La coterapia nos plantea nuevas preguntas y búsquedas.


Vemos también,  que una sana humildad,  a veces nos dice al oído, que hay viajes que  no debemos hacer. Y es que no somos expertas en todo y en todos. ¿Será que necesitamos escuchar el susurro de  la humildad para que nos recuerde que no somos “omnipotentes” y que  en ocasiones lo mejor es derivar a  ese paciente o consultante, con el cuidado  necesario, a otros colegas o a otro tipo de profesionales? No siempre tendremos que emprender el viaje  y no siempre seremos nosotras quienes lleguemos al final.  Nos sentimos invitadas a reconocer,  en lo cotidiano, el impulso de subirnos a  todos los barcos o de no saber bajarnos a tiempo. 


Muchos de nosotros, desarrollamos también otros roles en nuestro quehacer profesional, como el de ser supervisor, formador, entrenador  o  también desempeñamos cargos en organizaciones  o redes profesionales. ¡Qué estimulante,  fructífero y quizás difícil,  sería poder  hablar de la dimensión de humildad en estos distintos roles y servicios!. Incluso preguntarnos ¿cómo se enriquecerían las asociaciones, organizaciones o redes  de psicoterapia  en donde la humildad sea un  valor que sostiene a esas comunidades?


Mientras la humildad podría favorecer  entre los profesionales  el cultivo de un trato justo, horizontal, un vínculo con  los demás con respeto,  valorando el conocimiento  y cualidades del otro, la falta de esta  humildad podría ser  caldo de cultivo para  conductas de  soberbia, búsqueda de aplausos y reconocimiento como objetivo prioritario, con el peligro de un trato discriminatorio,  explícito e implícito, hacia otros colegas y organizaciones.  


  1. Palabras finales

 

Un tiempo después de haber concluido el trabajo terapéutico vincular le pregunté a Mar (Belén), que le había llevado a elegir a Paula para este proceso y su respuesta me conmovió profundamente. Me contó que, incluso antes de conocer el trabajo clínico de  Paula,   había intuido ciertas similitudes entre ambas, en varias dimensiones.


Mar resaltó que saber de nuestra amistad, de los temas que compartimos, como los son el trabajo con el trauma desde una perspectiva compasiva,  nuestro acercamiento al arte y  nuestra forma de escribir, que conocía por las redes,  fueron también razones para buscar a Paula.

 

Mar me compartió que al comenzar el  trabajo vincular junto a la terapia personal pensó “seguramente Paula tendrá  manos cuidadosas como las tuyas”.

 

Hoy guardamos  esas palabras con humildad, responsabilidad, agradecimiento y como una brújula amorosa  que  nos compromete a cuidar el trabajo terapéutico desde nuestras manos que tejen, junto a las personas que acompañamos, nuevos caminos hechos a mano.

 

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Bibliografía



Tara Brach. Compasión radical, descubre el amor y el perdón que nacen de tu corazón a través de la meditación en 4 pasos. Ed Urano, 2021


Genovese, A. (2025) Poesía y errancia. Entropía

 
 
 

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