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  • Paula Moreno

Ser el propio cartógrafo: El mapa sensorial como recurso terapéutico.


Desde hace tiempo me fascina el mundo de los navegantes. Tal vez porque mi papá vivía en medio de un mundo de barcos o porque las historias del mar, sirenas y misterios de las profundidades ayudaban a mi imaginación a expandirse.


Hay objetos de ese mundo que se despliegan ante mí como verdaderos tesoros: los catalejos, las brújulas, los timones, los mapas.


En este punto voy a detenerme, sin dejar de navegar. Me voy a permitir compartir mi pasión por los mapas antiguos. Porque desde este amor irracional es que ofrezco a quienes acompaño en los procesos terapéuticos, una posible manera de viajar.


Comienzo mostrándoles un mapa antiguo, y dialogamos acerca de las maneras en que se usaban los mapas en aquel entonces.


Karina Castañeda les convida el concepto de que el mapa es un objeto de supervivencia, como rastro de un camino. Allí donde podemos leer letras, señales, líneas, símbolos.

Michele Petit nos invita a recorrer un mapa a través el mirar, registrar, y leer ese objeto, como quien necesita leer algo indescifrable.


Mi propuesta es crear un propio mapa. Un mapa sensorial, vivo. Como si pudiéramos dibujar nuestra biografía cartográfica.


En aquellos tiempos, dibujar un mapa implicaba escuchar a los navegantes sus experiencias en terreno, sus miedos en el mar frente a lo desconocido, frente a lo que tenían que descifrar, sus dudas, sus esperanzas.


Crear el propio mapa es un proceso que implica una observación muy pausada y precisa. Tanto en el antes como en la propuesta terapéutica, entran en juego la memoria, la historia, los recorridos hechos, los caminos posibles a seguir, a explorar, que recursos me ayudaron a dibujar y a recorrer ese mapa, cuáles no.


Voy a volver a invitar como protagonista al dibujo y al arte para emprender el viaje.

Dice Michael Petit que “dibujar no sólo es identificar segmentos y continuidades sino otorgar sentidos, adivinar líneas para imaginar relaciones, distancias, límites en consonancia con espacios, recrear y reescribir rupturas, destrozando y rearmando” (Michael Petit, Leer la luna).


Vuelvo a nuestro mapa para poder entonces jugar con estas líneas y símbolos. Que puedan historizarse en el mapa mismo, y nos permita verlo en su transformación o en su enquistamiento. Un mapa permite ver con mayor amplitud el proceso. Hacer el mapa es en sí mismo un proceso, que incluye en un mismo papiro, pasado, presente y futuro.


Por otro lado, así como los navegantes de la antigüedad trasladaban al mapa una experiencia sensorial, yo también invito a este recorrido. Ofrezco para hacer el mapa todas las texturas, aromas, colores, objetos, que puedan servir para darle vida.

Los aromas van a jugar un papel esencial en esta nueva manera de conciencia.


Dice Ana García en Un mapa sensible, que “el olfato tiene un lugar predominante para guiar la experiencia afectiva emocional, tiene una intervención interesante en el procesamiento de la memoria episódica y retrospectiva. Funciona como un motor de arranque para los recuerdos. Los olores cargan con gestos, actitudes, recuerdos, personas, espacios y tiempos”.


Poder explorar nuestro mapa sensorial desde el olfato por ejemplo, nos lleva a hacer un recorrido en el propio cuerpo para luego volcarlo en el mapa.


Los mapas sirven entonces para orientarnos, para encontrar cosas en el espacio. ¿Podemos contemplar nuevas posibilidades en este mapa? Nuestras huellas están inscriptas en él.

Dibujamos todo el tiempo mapas. Aunque en este momento la invitación sea crear mapas vivos, que laten, que tengan un ritmo.


Para seguir este proceso de recorrido del mapa interno, nos podemos ayudar con la brújula.

Crear la propia puede ser parte del viaje. Jugando a buscar aquello que permite volver a su propio eje para luego orientarse y no perderse.


Siempre un mapa comienza con un viaje dice Alberto Blanco. Y este viaje, como cuando estamos ante cualquier mapa tolera las preguntas: ¿qué es esto que veo en mi mapa? ¿por dónde sigo? ¿Qué camino será mejor ? ¿Qué encontraré por acá? ¿Este camino es conocido para mí? ¿Aquí encontré dificultades? ¿Es un terreno apto? ¿Puedo probar otro medio para recorrerlo? ¿Qué estrategias me ayudaron a explorar este territorio? ¿Es necesario cruzar algún mar?


De esta manera puedo discernir donde estuve recorriendo en el pasado y por dónde quiero seguir en este viaje.


Si bien sabemos que el mapa no es la tierra, o el territorio y viceversa tampoco, este mapa en volumen permite tener una mirada amplia de nuestro mundo interno. Una mirada sensitiva, ya que no solo el olfato estará presente sino el tacto, la vista, y hasta el sonido.


Muchos navegantes se dejaban llevar por los sonidos y la textura de los territorios. Por eso ofrezco todos los elementos que permitan dar vida rítmica a este mapa.


Puedo entonces desplazarme por él como un navegante, un explorador de tierras nuevas y viejas, conocidas y desconocidas, con montañas, mares, ríos, llanuras, con misterios.


La lectura de este mapa no es única, sino que me da la posibilidad de varias lecturas y se convierte a la vez en un descifrar símbolos como ejercicio compartido. Porque tanto en la antigüedad como en el vínculo terapéutico, la lectura de los mapas se ve enriquecida por estas miradas en conjunto, en colaboración. En especial cuando nos acercamos a aquello que puede ser indescifrable para el paciente.


Este mapa muestra cómo este niño encontró una carretera donde ubica un auto y decide que quiere buscar un camino hacia la flor. Esa flor es el recuerdo de su hermana que ya no vive. El decide que quiere recordarla en vez de tapar sus recuerdos (tela negra) como venía haciéndolo hasta ahora.

Esta niña dibuja sobre el mapa antiguo que le ofrezco, este recorrido. Muestra cómo no se siente comprendida por su familia adoptiva y cómo le gustaría que descubran su corazón para que ella se sienta en paz.

Esta adolescente superpuso al mapa este cuadro que representaba nuestro vínculo terapéutico. Trabajar desde el mapa interno permite a su vez hacer esta exploración en distintos momentos del tratamiento. Incluso podemos hilar caminos y rutas de viaje que pueden coincidir entre los vínculos con otras personas y el vínculo terapéutico. Estos descubrimientos de navegantes suelen ser muy reveladores.


Esta adolescente pudo hacer foco en los caminos que la llevaron a confiar en otro ser humano y qué necesitó para ese fin.


Con algunos pacientes usamos hojas de calcar para que al superponerlas con el mapa podamos jugar a ese viaje imaginario. La transparencia es un buen recurso para observar lo que hay por debajo, lo que se puede ver y lo que no. Aquello que se revela hasta mágicamente.


Me gusta contarles la historia de cómo se dibujaron los primeros mapas. Donde había monstruos y animales feroces en los lugares donde percibían peligro.

Esta familia eligió buscar un camino dentro del mapa para repasar juntos los pasos que tuvieron que dar para llegar a adoptar a sus hijos y cómo esos pasos en el viaje los condujeron a su hogar.


El valor de trabajar desde esta cartografía propia tiene a su vez algo heredado de los primeros mapas de la antigüedad: la magia. La posibilidad de saber que ese territorio necesita ser protegido y honrado por sus misterios y sabidurías. Tiene un valor a su vez transgeneracional, ya que tanto en aquel momento como ahora, transmite información vital.


Antes transmitía lugares por donde habían encontrado fuentes de agua, una caza próspera, peligros, determinación de distancias, medición de tierras. Transmitían historia, y un valor cultural.


Ahora cumplen esa misma función, buscar lugares de agua o calma familiar o individual, zonas de riesgo, aprendizajes colectivos, recursos individuales y grupales. Las maneras de jugar a navegar por estos mapas son infinitas y abren un mundo a la creatividad y al arte como manera de intervención clínica.


Sigue siendo brújula en este navegar, el tener un compañero de expedición. Tal vez estemos definiendo al vínculo terapéutico desde esta mirada, tal vez estemos probando nuevas metáforas para algo tan antiguo como los mapas, tal vez estemos frente a dos seres humanos que curiosean el mundo buscándole un sentido. Tal vez en este tramo del recorrido, un grumete tenga que apoyarse más en el otro, aunque estén en el mismo barco. Tal vez ese sostén es mutuo, simplemente buscan juntos una manera de no naufragar, una manera de disfrutar el viaje.


Hay corazones sin dueño.
Roberto Juarroz

Hay corazones sin dueño,

que no tuvieron nunca la oportunidad

de regir como un péndulo casi atroz

el laborioso espasmo de la carne.

Hay corazones de repuesto,

que esperan sabiamente

o por quién sabe qué mandato

el momento de asumir su locura.

Hay corazones sobrantes,

que se descuelgan como puños de contrabando

desde la permanente anomalía

de ser un corazón.

Y hay también un corazón perdido,

una campana de silencio,

que nadie sin embargo ha encontrado

entre todas las cosas perdidas de la tierra.

Pero todo corazón es un testigo

y una segura prueba

de que la vida es una escala inadecuada

para trazar el mapa de la vida.






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