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  • Paula Moreno

La rebelión de la llave


Nunca imaginé que aquel recuerdo fuera a cobrar vida hoy. Aquel momento se guardó en la memoria como un juego de puertas y llaves. De una llave para ser precisa. Toqué el timbre y la voz por el portero eléctrico tardó en escucharse. La puerta no se podía abrir ya que la llave se había roto dentro de la cerradura.

Un pasillo largo de una casa chorizo era el marco de la foto. Pude sortear la primera puerta y la segunda separaba mi voz de la de ella. Hicimos piruetas con la llave. Nos reímos, nos miramos por la cerradura, hicimos fuerza sobre la puerta, saltamos para vernos por arriba, por abajo. Hasta que oímos una voz muy suave y aguda que nos llamaba. -Soy yo, acá. Es que no me están mirando.- dijo la llave.

Era dorada, con un recoveco muy particular en su extremo. Era una llave muy antigua me contaron. Las llaves antiguas tienen muchas vueltas, tantas como para marear a cualquiera. Las hay doradas, plateadas y hasta grises y negras. Esta era gris oscuro y sostenía en un extremo la forma exacta de la torre de un castillo. -Ya no sé si tengo que abrir o cerrar.- nos dijo. ¡Que tontería más grande! pensé. ¡Como puede confundirse con semejante tarea! No es lo mismo estar de un lado que de otro le expliqué. Tendría que hacer uso de su memoria y recordar si su extremo coincidía con el cerrojo.

Ofendidísima se mostró cuando le hice mención al cerrojo. Parece ser que eso de encajar a la perfección la había cansado. No hubo forma humana de convencerla de todo lo que podía espiar por la cerradura.

La muy testaruda se le había ocurrido rebelarse en aquel momento. Tanta decisión había en ella que prefirió romper un pedacito de sus esquinas y no encajar más.

- El cerrojo me quiere hacer creer que soy libre y puedo mirar a través de él. Eso es una trampa. No es así en absoluto; profirió la llave. -Yo descubrí que hay otras maneras de girar y observar. Puedo hacer girar cofres llenos de objetos preciados; puedo abrir portales construidos de golosinas y pisar la fantasía con su suelo de rayuela. Puedo dar cuerda a todos los relojes del mundo y detenerlos por un rato. Puedo ser la guardaespaldas de ese candado brillante y silenciosa que sólo permite abrirse una vez cada 5 años.-

A esa altura las dos estábamos sentadas en el suelo espalda con espalda. Con una puerta de por medio aún, resonando con los misterios de la llave. Como si fueran las dueñas de las puertas, de lo que dejan entrar o salir. De los corazones enamorados, de los secretos más guardados. Recordé una costumbre que me enseñó mi abuelo. A veces pongo una llave en mi mano y solo la escucho. Los sonidos de las llaves también son mágicos. Anuncian la llegada de alguien especial, de alguien esperado, olvidado, de lo conocido y lo desconocido también.

Aquel día nos preguntamos si podríamos arreglar esa llave. ¿Querría ella eso? ¿Y si pierde sus recuerdos? Las veces que abrió las puertas para tardes otoñales de juego, las veces que cerró otras para alejar gritos que lastimaban, las veces que no hizo ruido para traer una torta sorpresa, o cuando esperaba ansiosa la llegada de una carta.

Así fue que decidimos acompañar su rebelión. Sublime instante de transformación. Un ritual sagrado, que honró su sabiduría. La llave antigua ya tenía una nueva historia para atesorar. Ahora entiendo porque colecciono llaves. Animate... Toma un llave entre tus manos y escúchala.

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© 2018 por Paula Moreno, Psicóloga