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  • Paula Moreno

La historia que envuelve. Una adaptación del protocolo de Jean Lovette.



Había una vez una terapeuta que trabajaba con niños y niñas que habían sufrido situaciones difíciles. Cuenta la historia, que cuando los traumas ocurren en períodos de la vida donde el lenguaje verbal no está desarrollado, los terapeutas pueden recurrir a un protocolo de EMDR llamado la historia de Jean Lovette.


Una de esas terapeutas soy yo. Pero algo novedoso iba a suceder.

La historia continúa con un gran descubrimiento. Parece ser que cuando empezamos a narrar estas experiencias de vida pre verbales para los niños y niñas, podemos crear un cuento completo.

Descubrimos junto a esos niños y niñas, que son ellos quienes van modelando este protocolo.


Al principio del descubrimiento, me ceñía a utilizar el protocolo tal cual lo había aprendido. Entonces les pedía a los padres o cuidadores que armaran una historia en donde hubiera un principio, un desarrollo que contuviera el evento traumático y luego una resolución del mismo.


Poco a poco este protocolo se fue transformando. Algunas veces les pedía a los adultos que hicieran énfasis en las sensaciones físicas, en los aromas y los sonidos. Otras veces les pedía que buscaran fotos, canciones, poemas, cuentos, objetos de la infancia de sus hijos para completar la historia.


Graciela Montes dice que los cuentos son como aire que sale de la boca y donde se construye algo inesperado (1999). Y así fue. Algo inesperado comenzó a desarrollarse. La intervención cobró mayor amplitud.


En este protocolo importa tanto el contenido de la historia como la disposición a la misma. Por este motivo trabajo con los adultos de manera previa. Planificamos cómo elegir un lugar físico adecuado para la narración de la historia, les propongo un ejercicio en donde escuchen su propio tono de voz, para poder regularlo en el momento de narrar la historia, los ayudo a pensar la distancia óptima para sentarse con sus hijos, de qué manera, quienes estarán en la sesión.


El ritmo que adquiera la narración no es menor. Sabemos que nuestro cuerpo está regido por un ritmo interno, y encontrarlo puede ser un gran hallazgo. Ya sea a través del tono de la voz, el volumen, los movimientos corporales, el ritmo de la respiración.

Esto no significa que lo espontáneo no tenga su lugar, todo lo contrario, será parte del proceso también.


No debemos olvidar que los padres fueron parte de esa vivencia. Tal vez ellos mismos no hayan procesado las mismas, tal vez recordarla conlleve una activación de sus recuerdos dolorosos. Por este motivo el trabajo previo con ellos es fundamental.


El proceso de armado de la historia, conlleva en sí mismo la regulación emocional. Esta regulación se da en varios niveles: el de los padres, de éstos hacia su hijo o hija y de los niños o niñas al recibir la historia. Podríamos pensar en una co-regulación, donde el terapeuta se convierte en el guía.


Suelo sugerir a los padres que la historia no sólo contenga palabras o recuerdos sueltos, sino que estén muy atentos a incluir los recuerdos sensorio-motores. Los invito a buscar los sonidos de aquel momento, los olores, los gustos, los colores o las sensaciones en la piel.

Muchas de las historias armadas se completan con fotos. La selección de las mismas forma parte del proceso. Evaluar aquellas fotos que permitan narrar lo ocurrido sin abrumar pero que contengan o condensen lo que ellos quieren transmitirles a sus hijos.


Cuando los cuidadores me comparten las fotos, en el período de armado, solemos hacer un recorrido por ese paisaje emocional. Nos detenemos en ese momento y damos el tiempo para que los padres naveguen por esos recuerdos en imágenes. Las fotos funcionan como un ancla. No necesariamente todo lo que aparece en ese paisaje emocional irá en el texto de la historia, pero suele ser sanador recorrerlo. Le damos el tiempo necesario para conectar con el dolor, crear un ambiente amoroso donde recibirlo y una actitud compasiva frente a experiencia vivida. Suele ser un espacio donde los padres descubren también sus fortalezas y recursos.


Estas competencias que aparecen en el recorrido previo, son fundantes para el armado de la historia. Por ello las resaltamos, y las guardamos en un cofre imaginario de fortalezas para que pueda ser abierto en el momento de narrar la historia.


Amplificar la experiencia


He descubierto que, al incluir los sonidos, aromas y sensaciones, podemos amplificarlos. Invito a los padres a incluirlos, ya sea a través de un sonido onomatopéyico, o cantando una canción o trayendo algún aroma en vivo para el momento de la narración. Tanto si, esos sonidos o aromas, tiene relación a una experiencia dolorosa como si se relacionan con un recurso. La incorporación de las nanas a la historia de Jean Lovette es una experiencia sanadora en muchos aspectos.


La palabra nana proviene del término latino “nania” que significa cantinela o lenguaje mágico. Se envuelve al niño /a en esa musicalidad y en ese movimiento. Las nanas son susurros que los cuidadores ofrecen a sus bebés para calmarlos. Es probable que hayan estado presentes desde el momento de la gestación, con lo cual la activación de lo preverbal adquiere una mayor relevancia. Estas canciones suelen tener un ritmo que funciona como regulador del ritmo del bebé, acompasando los latidos del corazón y la respiración, tanto de la madre como del niño/a. Es una de las primeras maneras de comunicación entre los cuidadores y sus hijos. La voz de ellos suele ser un anclaje para la sensación de seguridad.


Estas primeras manifestaciones kinestésicas son la salvia del apego. Generalmente van acompañadas de contactos de piel a piel. Estos inputs regulados son fundamentales para que las vías auditivas vayan integrándose con otro tipo de procesamientos de la información sensorial. Esta estimulación integrada genera conexión.


Ayudarlos a integrar esas experiencias primeras y fundantes suele ser un gran recurso del protocolo. En especial para aquellos niños/as que no han tenido esa posibilidad en sus primeros momentos de vida.


El trauma pudo haber afectado esta regulación y el niño o la niña puede sobresaltarse ante los sonidos. Ya sea porque están asociados al momento del trauma o porque simplemente la regulación auditiva está interferida.


Por ejemplo, un niño de 5 años que había sufrido un trauma médico, cada vez que escuchaba un sonido de sirena, se tapaba los oídos y se escondía.

Poder integrar la regulación cenestésica en la historia es fundante. En especial para aquellos niños o niñas que han sufrido traumas médicos o traumas de apego.

Incorporando las sensaciones desde la piel permitirá integrar información que puede estar guardada en ese registro. La piel suele ser un recurso muy eficaz a la hora de integrar información relacionada con las lesiones en esa zona, como también los recursos de calma como el acariciar o sostener en brazos.


La integración de la información a partir del protocolo de Jean Lovette se convierte entonces en un proceso más amplio, donde el niño o la niña ya no sólo recibe la información para integrar, sino que es parte de la historia. En ese sentido, el protocolo puede ocupar varias sesiones. Dándole tiempo al niño/a para que vaya asimilando cada partecita de la historia.


El hecho de haber trabajado durante la pandemia con la tecnología, permitió también que las historias cobraran vida en power points. Así las fotos podían sucederse junto a escritos al lado de las mismas, canciones que acompañaran el powerpoint, poesías y hasta cartas.

Este formato permite que el niño/a intervenga la historia, agregando escritos, marcando con colores, destacando sectores de las fotos, por ejemplo.


En el trabajo con un niño de 8 años cuya madre había fallecido a sus dos años, pudimos hacer el protocolo utilizando estos recursos. El niño se detuvo en cada slide del power point y preguntaba más de lo que el padre se hubiera imaginado, buscaba detalles en las fotos, parecidos en los gestos, en las formas de las caras, en objetos que aún conservaba de su madre.


En esta parte del tratamiento, utilizamos también los sonidos, ya que el padre había guardado audios de su madre y el niño estaba preparado para escucharla. El reencuentro con la voz de su mamá fue un momento mágico, de mucha intensidad para el niño y para su padre.


Como todo protocolo de EMDR, el entre sesiones permite la aparición de nuevo material. En este caso, el niño le pidió a su papá que quería seguir escuchando la voz de su madre, en especial en el momento de irse a dormir. Este niño solía quejarse de un dolor en el pecho en el horario de la nochecita. A lo largo del protocolo pudo expresar que extrañaba a su madre.


El hecho de que su historia estuviera en un power point nos daba la posibilidad de que funcione a la vez como recordatorio narrado de su historia, y de cómo él la fue procesando junto a su padre. Le dio la posibilidad de hacerle lugar a su madre y descubrirla dentro de su corazón y mente.


Suelo hacer la invitación de que esa historia puede estar accesible para otros momentos de sus vidas. Algunas personas la imprimen y la arman como libro, otros lo dejan de manera virtual. Se trata de una historia abierta, que puede ir tomando otras formas a medida que el niño crece, y/o el contexto familiar va cambiando. Esta sensación de apertura genera un sentimiento de libertad.


Con este niño, también incorporamos al protocolo los olores y el tacto. Su padre había guardado varias pertenencias de su madre en un baúl especial. Ese baúl nunca antes había sido abierto.


Los invité a hacer la apertura de ese cofre como parte del protocolo. Cada objeto fue recorrido por el padre y el niño en medio de una ceremonia sagrada. Lo recorrieron con sus manos, sus colores, sus texturas y sus olores.


El sentido del olfato suele ser uno de los sentidos que mejor nos permiten recordar. Se ha descubierto que a través de este sentido se puede conectar el sistema límbico y autónomo. El olor que los bebés reconocen en sus primeros momentos de vida les permiten diferenciar el peligro de lo conocido. El olor a la mamá puede ser una fuente de regulación, sobre todo en los vínculos seguros. En el caso clínico que describíamos, se pudo utilizar el aroma de la ropa de la madre como ancla de seguridad para ese niño.


En otros casos, podemos acudir al sentido olfativo para integrar información asociada a algún recuerdo negativo. Por ejemplo, el olor a la sala de internación, a la anestesia o algún medicamento.


Por otro lado, la información visual complementa este proceso de integración. Los niños/a necesitan de esta información para dar estructura a su mundo. Les permite relacionar lo que ven con lo que escuchan y sienten. Parte de esto pudo haber sido interrumpido por el trauma. Esta información les permite valorar, al igual que los sonidos, aquello que puede ser peligroso de lo que no lo es. Por lo tanto, organiza la atención.


Este contacto con lo visual, descansa también en el contacto con las expresiones faciales de las figuras de apego. Por eso en la medida que vamos realizando el protocolo, haremos la invitación a que se contacten mirada con mirada.


Poder incorporar al protocolo de Jean Lovette la información sensorial, permite trabajar con la sensibilidad al dolor. Dice Yehuda que el dolor mal tratado propicia una hipersensibilización de las vías del dolor e incrementa la reacción al dolor (pag 157). Si el niño o niña ha experimentado a nivel corporal dolor y desborde emocional, tardará más tiempo en regularse y encontrar la calma. Si esta información no se integra, el niño/a puede disociarla para seguir adelante con su vida.


Cuando los niños y niñas están en procesos de adopción y hay información que falta respecto de sus primeros años de vida, podemos optar por ofrecerle a los adultos adoptivos que presten su voz y su cuerpo para encarnar esa narración. La historia se empieza a armar en función de lo que esos niños o niñas hubiesen necesitado. Por ejemplo, una comida calentita, una canción de cuna, un hamacarlos con los brazos, una caricia, etc. Podemos escenificarlo con algún peluche o con el mismo niño o niña.


Ellos pueden pedirle al adulto cuidador lo que creen haber necesitado. Una niña que estaba en proceso de adopción, pidió a sus padres adoptivos que le curaran las heridas de su piel. La niña había sufrido quemaduras de bebé y había estado hospitalizada sin que nadie la fuera a visitar.


Si bien el protocolo de Jean Lovette original, pedía que la historia terminara con un finar resolutorio de la situación traumática, en mi experiencia, suele ser más eficaz, el entrelazamiento de los recursos y fortalezas a medida que van apareciendo en la historia.


A medida que vamos desplegando la historia, pendulamos entre la información de las experiencias dolorosas y los recursos. Por ejemplo, en el caso del niño que tuvo una intervención médica trabajamos con fotos de su internación, hacíamos zoom en la foto donde sus manitos están tomadas por la de sus padres. En otra parte del relato, la mamá le describe cómo ella lo apoyaba en su pecho y aunque estuviera lleno de tubos por la internación, podían acercarse pecho con pecho. En esa parte del relato, el niño dijo que sentía frío (probablemente como parte del recuerdo de la temperatura de la terapia). Le sugerí a la madre que lo arropara y lo tuviera aupado mientras hacía la EB (estimulación bilateral). El niño estuvo un largo rato acurrucado hasta que expresó que se sentía mejor.


En esa secuencia guié al niño y a la madre para llevar atención al ritmo del corazón del otro y trataran de acompasar sus respiraciones. Mi objetivo era doble: por un lado, trabajar con el recuerdo del recurso que estuvo en el momento de la internación, donde probablemente se regularon con la respiración y que se trajera ese recurso al presente.


En otra situación clínica donde una niña había tenido una intervención médica que afectó su piel, la niñita necesitó que su padre le cantara una canción y la acune cuando estaban narrando el momento de la cirugía.


Es importante que el terapeuta acompañe este proceso en un fino equilibrio entre el silencio que permite que emerja lo que tienen que surgir y la guía para llevar a la atención a los lugares donde puede descansar. Por ejemplo, en la sensación del hamacarse, en la respiración de ambos, los sonidos de la canción, etc.


Cuando hay hermanos en la familia, pueden incorporarse en algún momento del protocolo. El momento de hacerlo se evalúa con cada grupo familiar. Y se permite que los niños/as puedan comentar lo que ellos fueron viviendo en el proceso de su hermano/a. Esta información es esencial para la integración de todas las aristas de la experiencia. También es sanador para los hermanos. Se le da la bienvenida a todas las emociones que puedan surgir. Algunos hermanos tienen preguntas que pueden hacerse en ese momento o comentarios que tal vez nunca hayan hecho.


Hacia el final del proceso, suelo proponer a las familias que escriban una carta o hagan algún dibujo o collage para honrar la fortaleza que han tenido al atravesar esa experiencia. Suele ser una carta amorosa donde cada uno reconoce el dolor de lo vivido, y los recursos que tienen tanto a nivel individual como a nivel familiar.


Otros miembros de la familia o personas cercanas al niño o niña pueden formar parte del protocolo. Con ellos también es necesario evaluar cuál será su participación en la historia.

Estoy convencida que la posibilidad de ampliar mi mirada en esta historia que abraza, ha permitido que estas últimas me abracen a mí también. Ahora soy parte de ellas, de las vidas de estos niños y niñas y de sus familias, como ellos son parte de mi vida.


Permitir que estas historias nos abracen es un acto de valentía y de amor.


Bibliografía: Montes Graciela. "La frontera indómita" 1999. Ed. Fondo de cultura económica

Yehuda Na´ama. "Comunicar el trauma" 2016. Ed. Desclée De Brouwer

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